
Capítulo 7 — El constructor
Córdoba, 1963.
La ingeniera Clara Villalba llevó al ministerio una muestra de suelo dentro de una bolsa de tela. El funcionario que la recibió esperaba un plano.
—También lo traje —dijo ella—. Pero el plano supone que la planta puede levantarse sobre este terreno. La muestra dice que todavía no lo sabemos.
Había llegado desde Córdoba para discutir una fábrica de componentes metálicos destinada a abastecer a otras industrias. Su equipo había calculado el costo de los edificios, el acceso ferroviario y la necesidad de energía. El terreno elegido aparecía en los mapas como una ventaja: próximo a una estación, barato, disponible. Clara había visitado el lugar después de una lluvia y encontrado agua donde el proyecto imaginaba cimientos.
El funcionario le pidió que ajustara el presupuesto sin demorar el anuncio. La decisión política, explicó, ya se había tomado. En el pasillo había periodistas.
—Si anunciamos una fecha falsa, la demora será más cara —respondió Clara.
Arturo Frondizi examinaba cada semana informes sobre acero, petróleo, caminos y universidades. El nuevo gobierno había heredado estabilidad política y necesitaba convertirla en capacidad productiva. No le bastaba con inaugurar edificios: las máquinas requerían energía, técnicos y compradores; una ruta sólo valía si alguien podía mantenerla. Sin embargo, cada requisito convertía el programa en una discusión sobre dinero y prioridades que no cabía en los discursos de campaña.
Clara regresó a Córdoba con una autorización para repetir los estudios. Raúl Ferrer, enviado por su sindicato para revisar las condiciones de transporte de la obra, la esperaba junto a los galpones ferroviarios.
—Nos dijeron que habrá trabajo en tres meses —comentó.
—Si empezamos a construir allí, quizá haya trabajo dos meses y después una grieta.
Raúl la acompañó a ver el terreno. No era experto en suelos, pero conocía los costos de las promesas tardías: cuando una obra se detenía, los obreros eran los primeros en enterarse y los últimos en recibir una explicación. Le preguntó si existía otro emplazamiento.
—Sí. Está más lejos de la vía. Tendrán que presupuestar un ramal corto.
—Eso cambia el contrato de transporte.
—Cambia un contrato que todavía no debería existir.
Raúl no la felicitó. Tenía que volver a una asamblea con una noticia que nadie celebraría.
En Buenos Aires, Frondizi recibió dos informes sobre el mismo asunto. Uno hablaba de una demora injustificada; el otro, firmado por Clara, explicaba que se necesitaba un nuevo estudio y un acceso ferroviario. Un asesor sostuvo que los sindicatos usarían la noticia para acusarlo de improvisar. Otro advirtió que los inversores extranjeros podían perder interés. El presidente preguntó cuánto costaría reparar una planta mal construida. Nadie pudo contestar con una cifra confiable.
La autorización para cambiar el emplazamiento tardó más de lo que Clara consideró razonable. Cuando llegó, el presupuesto incluía un mecanismo de revisión técnica que ella no había pedido y que habría preferido tener desde el principio. Supo también que se había retirado financiación de una obra vial en otra provincia. Quiso creer que no era una elección entre dos regiones, pero el expediente mostraba exactamente eso.
Las primeras máquinas llegaron al año siguiente. Clara observó cómo un obrero desembalaba una pieza importada y buscaba en un manual la medida que su taller podía reproducir. Aquel gesto le pareció más importante que la placa preparada para la inauguración: producir localmente no nacería de decir que se producía localmente, sino de aprender a fabricar, mantener y corregir.
Una tarde, un empresario le explicó que los salarios debían moderarse hasta que la planta recuperara la inversión. Raúl, sentado enfrente, respondió que una fábrica sin trabajadores capaces de vivir cerca y llevar a sus hijos a la escuela tendría otros costos. Clara escuchó los dos cálculos. Ninguno le permitía ignorar al otro.
Frondizi visitó Córdoba meses después. Vio la estructura ya levantada, hizo preguntas sobre el suministro eléctrico y evitó prometer una fecha de producción plena. La prensa buscaba una frase que resumiera el desarrollo nacional. Clara le mostró el nuevo plano, con las correcciones marcadas en rojo. El presidente se detuvo en una línea que indicaba la ruta del ramal.
—Esto no aparecía en la presentación inicial —observó.
—El terreno tampoco se comportó como en la presentación inicial.
Él sonrió apenas. Había descubierto que cada gran palabra de su programa —industria, energía, universidad— contenía decisiones pequeñas que podían arruinarla. El apodo de constructor empezaba a circular entre sus partidarios. Clara pensó que construir exigía aceptar, todos los días, que un plano podía estar equivocado.
Al salir, Raúl la acompañó hasta la estación. El tren volvió a retrasarse. En el andén, un aprendiz repasaba una libreta de dibujo técnico antes de entrar a su turno. Clara vio la mancha de grasa sobre una página y le preguntó qué pieza estudiaba. El muchacho respondió con precisión y después añadió que era el primero de su familia que había cruzado la puerta de una escuela técnica.
Cuando llegó el tren, Clara guardó la muestra de suelo que aún llevaba en el bolso. Ya no necesitaba enseñársela a nadie. La conservaba como recordatorio de la diferencia entre una obra anunciada y una obra capaz de sostener el peso de quienes trabajarían en ella.