
Capítulo 15 — La paz de Punta Arenas
Punta Arenas, enero de 1979.
Tomás Arce comprobó la primera mañana que la palabra paz no figuraba en el borrador. Había un cese de hostilidades, posiciones, corredores de evacuación y una comisión para localizar desaparecidos. La soberanía sobre las islas aparecía en una cláusula que cada delegación interpretaba de manera opuesta.
—Si firmamos esto, el próximo incidente empezará por la tercera página —dijo Tomás.
La delegada chilena, Elisa Valdés, estaba al otro lado de la mesa. Había llegado con instrucciones de no aceptar ningún texto que pareciera anular el reclamo de su país. Tomás tenía una orden equivalente. Un representante de la Santa Sede les pidió que distinguieran el problema territorial del movimiento inmediato de las tropas. Un observador estadounidense ofreció asistencia para verificar distancias. Ninguno podía decidir por los dos gobiernos.
Tomás propuso un orden: retirada simultánea de unidades a posiciones delimitadas; comunicación directa entre mandos navales para evitar que una maniobra se confundiera con un ataque; intercambio de listas de prisioneros y heridos; acceso de personal sanitario a los lugares acordados; discusión posterior de los títulos territoriales mediante un procedimiento aceptado por ambos países. La palabra simultánea consumió una tarde entera. Cada parte temía ser la primera en retirarse y descubrir que la otra había usado el tiempo para afirmarse.
En Buenos Aires, Balbín recibía mensajes de quienes consideraban inadmisible cualquier pausa sin victoria y de quienes habrían firmado una retirada inmediata sin preguntar por las islas. Ninguno tenía la responsabilidad de explicar al día siguiente por qué un barco no había obedecido un mapa mal redactado. Pidió que cada punto del acuerdo especificara quién avisaría a quién y en qué plazo. El canciller temió que tanta precisión retrasara la firma.
—Una ambigüedad puede retrasar un funeral —respondió Balbín.
La frase no salió del despacho. Tampoco resolvió todo. Había sectores del frente donde los registros de bajas no coincidían y familias que preguntaban por personas que no aparecían en ninguna lista. Una comisión podía buscarlas; ningún protocolo garantizaba que encontrara a todas.
Julián seguía a bordo cuando recibió la primera carta de Elena. Llegó doblada y húmeda en un borde. Contaba la gotera, el precio del pan, una discusión de Mateo con un vecino. Julián la leyó dos veces. No había noticias heroicas en aquellas líneas, y por eso pudo imaginar que existía todavía una casa a la que volver. Escribió una respuesta más larga que la anterior. Le contó que Ponce estaba herido y atendido, pero no sabía si regresaría al mismo barco.
Valdés llevó a la mesa un listado de embarcaciones chilenas que debían abandonar una zona. Tomás señaló que la lista argentina tenía unidades en una situación equivalente. Al usar el mismo verbo para ambas retiradas, el texto dejó de parecer una concesión unilateral. Era una mejora pequeña y frágil. Al día siguiente discutieron si las patrullas de verificación podrían portar armas y quién investigaría una infracción. Acordaron observadores designados por cada país, informes compartidos y una línea de comunicación permanente; las acusaciones de violación del alto el fuego debían tramitarse antes de ordenar una respuesta armada, salvo defensa inmediata.
El 17 de enero apareció un principio de acuerdo. Nadie en Punta Arenas quiso llamarlo victoria. Los representantes de ambos gobiernos consultaron a sus capitales. Tomás caminó por el puerto al anochecer y vio a hombres descargar cajas de suministros de un barco. Pensó que la logística de la guerra seguiría trabajando durante semanas aun si al día siguiente se firmaba la paz.
El 18 de enero de 1979 se suscribió el Acuerdo de Punta Arenas. Establecía la separación y verificación de fuerzas, la atención e intercambio de personas afectadas, y un procedimiento para continuar la controversia territorial sin recurrir a las armas. No otorgaba a ninguno de los gobiernos una proclamación simple de triunfo sobre las islas. Los críticos de Balbín señalaron la falta de una resolución definitiva; él admitió que un acuerdo capaz de detener el combate no podía fabricar en unos días el consentimiento que décadas de disputa no habían producido.
Perón leyó la noticia en San Vicente. Le preguntaron si Balbín había cedido demasiado. Respondió que sólo un examen de las cláusulas, y de su cumplimiento, permitiría juzgarlo. Era una respuesta menos memorable que las frases que los periódicos habrían querido atribuirle. También era más exigente.
Julián desembarcó semanas después. En la estación, Elena lo vio antes de que él la descubriera. Estaba más delgado y sostenía la bolsa como si siguiera esperando que le asignaran un lugar donde dejarla. Cuando se abrazaron no mencionaron las islas ni a Balbín. Elena le preguntó si tenía hambre. Él dijo que sí, aunque apenas había probado la comida del viaje.
En casa, Mateo le sirvió agua y comenzó a preguntarle por la navegación. Elena lo detuvo con la mirada. Julián respondió de todos modos a una pregunta sencilla y luego dejó el vaso sobre la mesa.
—Ponce va a necesitar ayuda cuando vuelva —dijo.
No explicó más. Mateo asintió. Había conocido el tiempo en que el país llamaba héroes a los hombres antes de preguntar qué necesitaban para seguir viviendo. Esta vez no quiso repetirlo.
Hubo familias que recibieron a sus hijos y otras que recibieron una búsqueda o un cuerpo. En Chile ocurría algo semejante. La paz dependía ahora de avisar antes de mover una patrulla. Las escuelas llamarían al episodio Veintitrés Días de Guerra. Julián tardaría años en decidir si ese nombre ayudaba a recordar o facilitaba pasar de página.
Una noche sacó el atlas. La marca junto al canal seguía allí. No la borró. Devolvió el libro a su lugar, entre el manual de mecánica de Mateo y los cuadernos de enfermería de Elena. Ninguno prometía una paz definitiva. Los tres hablaban, cada uno a su modo, del trabajo que comenzaba después de dejar de disparar.