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La República de SeptiembreCapítulo 2 — Los mártires de Plaza de Mayo
Ilustración original de apertura para Capítulo 2 — Los mártires de Plaza de Mayo
Ilustración original del proyecto autoral, creada con asistencia de IA (según declaración del autor).

Capítulo 2 — Los mártires de Plaza de Mayo

Buenos Aires, invierno de 1955.

En la puerta del hospital se formaban dos filas. Una era de personas que preguntaban por un nombre. La otra, de personas que venían a prestar declaración. Elena Rivas había visto a una madre pasar de una fila a la otra tres veces en la misma mañana. Buscaba a su hijo y llevaba bajo el brazo una carpeta con fotografías de la plaza. Nadie podía decirle si alguna de aquellas figuras tendidas en el pavimento era él.

Las listas crecían, se corregían, volvían a crecer. Cada cifra que la radio pronunciaba parecía definitiva hasta el boletín siguiente. En la sala de guardia había muertos sin identificar y vivos que no podían dar su nombre. Elena aprendió a preguntar por una cicatriz, por el color de un abrigo, por una costumbre tan pequeña como llevar el reloj en la muñeca derecha.

Una tarde llegó su hermano Mateo. No traía el uniforme ni las manos manchadas de grasa. Traía una citación.

—Quieren que declare —dijo.

—Entonces declará.

—No estuve en los aviones.

—No te pregunté eso.

Mateo dejó el papel sobre la mesa. Conocía a dos hombres del taller que habían desaparecido el día del bombardeo y sabía que uno había preparado una aeronave. Había oído conversaciones, había visto órdenes cambiadas a última hora. Ninguna de esas cosas, por sí sola, le permitía nombrar a quien había decidido atacar la ciudad. Juntas le impedían decir que no sabía nada.

—Si doy los nombres, los van a fusilar.

Elena miró la citación. Pensó en el niño al que había vendado la frente, en la mujer del abrigo que todavía despertaba gritando al oír un motor. Después miró a Mateo.

—Vos no dictás la sentencia. Pero si callás, decidís quién puede buscar la verdad.

Él tuvo una expresión de alivio que duró apenas un instante: su hermana no lo había absuelto. Tampoco le había pedido venganza.

En la calle, la ciudad había empezado a construir una memoria antes de conocer por completo los hechos. Había retratos pegados en las vidrieras y flores frente a los edificios rotos. La Confederación General del Trabajo convocaba actos multitudinarios. Los diarios opositores condenaban el ataque con palabras que no los obligaban a reconciliarse con el gobierno. Los partidarios de Perón exigían que nadie confundiera una diferencia electoral con el derecho a arrojar bombas. Por unas semanas, la misma frase podía significar duelo, lealtad o una amenaza.

Elena acompañó a la madre de la carpeta a una oficina de identificación. Sobre el escritorio había una fotografía del colectivo alcanzado cerca de la plaza. Alguien había escrito detrás, con una seguridad que la imagen no podía sostener, que viajaban niños destinados a una ceremonia. La mujer observó la fotografía mucho tiempo.

—Mi hijo no iba en ese colectivo —dijo al fin.

Elena asintió. No intentó convertir la imagen en consuelo. Había niños entre los muertos y los heridos de la jornada; el destino preciso de cada vehículo exigía pruebas. La mujer necesitaba el nombre de su hijo, no una escena repetida tantas veces que hubiese adquirido la fuerza de una certeza.

En los tribunales, Mateo declaró lo que sabía y separó, a pedido del juez, lo que había visto de lo que había oído. Aquella distinción irritó a un funcionario que esperaba un relato sin zonas grises. El abogado de uno de los acusados quiso llevarlo al extremo contrario: si no había visto caer una bomba, nada de cuanto dijera serviría. Mateo respondió con fechas, lugares, turnos de servicio. No levantó la voz. Durante el receso salió al pasillo y se sentó en el suelo, como si sus piernas hubieran esperado hasta entonces para fallarle.

—Todavía podés decir que te equivocaste —le murmuró un antiguo compañero al pasar.

Mateo levantó la vista. El hombre se alejó antes de que pudiera responder. Lo que más lo perturbó no fue la insinuación, sino reconocer en ella una salida que él mismo había deseado.

Los procesos fueron rápidos. Hubo condenas de prisión y condenas perpetuas. A algunos de los responsables directos se les impuso la muerte. El gobierno presentó las sentencias como la prueba de que una democracia podía defenderse de quienes habían atacado a su población. Una parte del país las recibió como justicia; otra temió que la conmoción hubiese reducido el espacio para defenderse. Elena encontró ambas posiciones en una misma mesa del hospital.

—Si no hay una pena ejemplar, volverán —dijo un camillero que había perdido a su hermano.

—Una pena no vuelve inocente a quien la decide —respondió la enfermera mayor.

Ninguno de los dos hablaba desde la comodidad. Elena recordó que también ella había imaginado la muerte de los pilotos mientras limpiaba sangre de un piso. Le costó admitirlo: no porque el pensamiento la hiciera excepcional, sino porque la acercaba a todos los que pedían al Estado que sintiera exactamente lo mismo.

La ejecución pública se anunció como una lección de la República. Elena fue porque Mateo había dicho que quería ver a uno de los condenados, un hombre al que había tratado durante años. Lo encontró entre la multitud, lejos del lugar desde donde se distinguían los rostros. Alrededor de ellos unos sostenían fotografías de las víctimas; otros habían venido por curiosidad y procuraban no admitirlo.

—No tenías que venir —dijo Mateo.

—Vos tampoco.

No presenciaron el acto hasta el final. Cuando la multitud comenzó a moverse, Elena tomó a su hermano del brazo. Él no se resistió. Caminaron varias cuadras sin hablar. El ruido de los pasos les recordó, de una manera absurda, el pasillo del hospital la noche de las bombas.

Durante las semanas siguientes, Perón habló por radio de justicia y de la obligación de impedir que las armas sustituyeran a las urnas. Elena lo escuchó desde una cocina donde había nombres escritos en el margen de un diario. Algunas de sus palabras la acompañaron; otras le parecieron demasiado fáciles para un país que acababa de mirar una ejecución. También oyó que el gobierno ofrecía a los militares no implicados una vía para regresar a la legalidad y que buscaba reabrir conversaciones con sectores de la Iglesia. No sabía cuánto de aquel movimiento respondía a convicción y cuánto al miedo de una nueva conspiración.

Una noche, la madre de la carpeta volvió al hospital. Habían identificado a su hijo. Elena no le preguntó si la noticia traía alivio. La mujer abrió la carpeta y sacó una fotografía anterior al bombardeo: un muchacho con camisa clara, apoyado contra una bicicleta. Pidió que alguien escribiera bien su apellido en el registro.

Elena tomó una lapicera y lo copió letra por letra. Afuera, en una pared, alguien había pintado Mártires de Plaza de Mayo. No objetó el nombre. Sólo comprendió que, para esa madre, la primera forma de justicia seguía siendo más modesta y más difícil: que ninguna consigna borrara el nombre propio.

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Índice

Preliminares

  1. Tapa
  2. Nota de esta edición
  3. Prólogo — El sur

Capítulos

  1. Capítulo 1 — El día que la historia cambió
  2. Capítulo 2 — Los mártires de Plaza de Mayo
  3. Capítulo 3 — El septiembre argentino
  4. Capítulo 4 — Los acuerdos de Georgetown
  5. Capítulo 5 — La última victoria de Perón
  6. Capítulo 6 — La retirada
  7. Capítulo 7 — El constructor
  8. Capítulo 8 — Las fábricas del futuro
  9. Capítulo 9 — La guerra fría argentina
  10. Capítulo 10 — El heredero
  11. Capítulo 11 — El petróleo negro
  12. Capítulo 12 — Balbín presidente
  13. Capítulo 13 — La sombra del sur
  14. Capítulo 14 — Veintitrés días de guerra
  15. Capítulo 15 — La paz de Punta Arenas
  16. Capítulo 16 — El último general
  17. Capítulo 17 — El ingeniero de Tucumán
  18. Capítulo 18 — El dios del fútbol
  19. Capítulo 19 — El padre del consenso
  20. Capítulo 20 — La Segunda República
  21. Capítulo 21 — El atentado
  22. Capítulo 22 — La presidenta incómoda
  23. Capítulo 23 — Conectar el siglo
  24. Capítulo 24 — Habemus Papam
  25. Capítulo 25 — Entre el dragón y el águila
  26. Capítulo 26 — El año en que el mundo se detuvo
  27. Capítulo 27 — La República digital
  28. Capítulo 28 — La elección del futuro
  29. Capítulo 29 — La República de Septiembre

Epílogo y cierre

  1. Epílogo
  2. Historia, ficción y fuentes
  3. Fe de erratas de la contratapa original
  4. Contratapa original

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