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La República de SeptiembreCapítulo 5 — La última victoria de Perón
Ilustración original de apertura para Capítulo 5 — La última victoria de Perón
Ilustración original del proyecto autoral, creada con asistencia de IA (según declaración del autor).

Capítulo 5 — La última victoria de Perón

Buenos Aires, 1958.

El dirigente gremial desplegó sobre la mesa una hoja llena de firmas. No pidió permiso para hacerlo: sabía que el presidente lo había recibido porque la propuesta ya circulaba en las fábricas.

—Podemos cambiar las reglas antes de que vuelva a presentarse la misma amenaza —dijo—. Una reforma. Usted seguirá mientras el pueblo lo elija.

Perón miró la lista sin tocarla. Reconoció apellidos de hombres que habían defendido los depósitos ferroviarios en septiembre, de delegados que habían perdido compañeros y que ahora imaginaban la continuidad presidencial como una garantía contra el regreso de los rebeldes.

—¿Y quién decide cuándo el pueblo deja de querer elegirme? —preguntó.

El dirigente sonrió, creyendo que la pregunta era retórica.

—El pueblo, naturalmente.

—Un partido que dependa de una sola candidatura aprende a confundir la crítica con la traición. Después deja de ver lo que ocurre fuera de sus actos.

La respuesta incomodó al visitante. Perón había ganado demasiado poder para que sus observaciones sobre los peligros del poder sonaran inocentes. El sindicalista se lo dijo.

—Entonces demuéstreme que puede entregarlo.

Cuando se quedó solo, Perón volvió a mirar la hoja. La había rechazado con una razón que consideraba verdadera y, aun así, sintió la pérdida de aquello que le ofrecían. Había sobrevivido a las bombas, a la rebelión y al juicio de gobiernos extranjeros. Una parte de él quería que esa supervivencia contara como un derecho adquirido. La otra entendía que precisamente allí empezaba el problema.

Elena Rivas oyó el rumor de la reforma en el hospital. Una compañera sostuvo que ninguna elección podía ser libre mientras los cuarteles mantuvieran la esperanza de volver. Otra preguntó si una democracia podía nacer de una victoria militar y luego suspender indefinidamente la posibilidad de perder. Elena pensó en Mateo, que seguía apartando la mirada cuando se mencionaba a un antiguo oficial.

—Votar de nuevo no va a curar lo de septiembre —dijo—. Pero tampoco lo va a curar impedir que alguien nos reemplace.

En la campaña de 1958, la oposición buscó un lenguaje que reconociera la condena al bombardeo sin aceptar que cualquier desacuerdo con el gobierno fuese una complicidad con él. Frondizi ganó espacio al hablar de industria, energía y desarrollo: asuntos que no exigían a los votantes elegir entre el culto a un vencedor y la amnesia sobre sus enemigos. No disponía aún de una coalición capaz de derrotar a Perón, pero ofrecía una pregunta que la victoria de septiembre no había respondido: quién gobernaría después.

Perón recorrió el país. En los actos, las multitudes le devolvían las palabras que conocía desde hacía años. Él veía en los rostros una lealtad genuina y también una exigencia: que permaneciera para que los demás no tuvieran que acordar un sucesor. Cada vez que anunciaba que el siguiente mandato sería el último, algunos lo aplaudían como si hubiese prometido lo contrario.

El 23 de febrero llegó una victoria contundente. Raúl Ferrer, el ferroviario de Avellaneda, pasó la noche en la calle entre bocinas y banderas. Elena lo encontró en una esquina, con la voz gastada de tanto cantar.

—Ganó porque la gente confía en él —dijo Raúl.

—Entonces puede permitirse cumplir lo que prometió.

Raúl guardó silencio. Había pedido armas para defender una estación y firmado la hoja que reclamaba la reforma. Sabía que una parte de su orgullo estaba hecha de gratitud y otra de miedo.

—No sé si confío en los que vendrán —admitió.

—Él tampoco puede elegir por nosotros para siempre.

Los periódicos titularon que Perón iniciaba su último mandato. La frase tenía el tono de un hecho y la fragilidad de una intención. Nadie podía probar todavía que se retiraría. Tampoco podía acusarlo de no haber comenzado a preparar esa salida. En reuniones de partido, las discusiones sobre listas, sindicatos y gobernaciones se volvieron más ásperas: mientras el líder era candidato, muchas diferencias podían esperar. Sin esa promesa, cada sector tuvo que reconocer su propio apetito de mando.

Una mañana, Perón recibió un informe sobre un conflicto provincial. Dos funcionarios esperaban que señalara a cuál de ellos debía obedecer el partido. Escuchó los argumentos, detectó una manipulación en cada relato y pospuso la decisión para que la discutiera el órgano correspondiente. Los dos salieron descontentos.

El secretario le observó que habría sido más fácil resolverlo él mismo.

—Por eso vienen —respondió Perón.

No creyó que una renuncia futura pudiera borrar su predominio en el presente. Había designaciones que seguían dependiendo de una palabra suya, diarios que medían el tono de sus silencios y adversarios que desconfiaban de su promesa. La transición necesitaba algo más difícil que un discurso: aceptar decisiones que no habría tomado y derrotas que no podría corregir desde una oficina.

Ese invierno, Frondizi pronunció una conferencia sobre recursos energéticos. Elena leyó el resumen mientras esperaba el tranvía. No estaba de acuerdo con todo; le interesó que la discusión fuera sobre instrumentos concretos y no sobre la fidelidad de un dirigente a otro. Guardó el recorte para mostrárselo a Raúl.

La noche en que Perón habló de la continuidad institucional por radio, Mateo ajustó el aparato para quitarle un zumbido. Escucharon juntos unos minutos. En la calle, alguien festejó cada frase. Mateo apagó el volumen al terminar.

—¿Le creés? —preguntó.

Elena tardó en responder.

—Voy a mirar lo que haga cuando llegue el momento.

La hoja de firmas que pedía su permanencia seguía en algún escritorio del partido. Perón no la había roto. Tal vez conservarla le recordaba la facilidad con que podía pedir más tiempo. Tal vez le recordaba que el país también tendría que aprender a no ofrecérselo.

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Índice

Preliminares

  1. Tapa
  2. Nota de esta edición
  3. Prólogo — El sur

Capítulos

  1. Capítulo 1 — El día que la historia cambió
  2. Capítulo 2 — Los mártires de Plaza de Mayo
  3. Capítulo 3 — El septiembre argentino
  4. Capítulo 4 — Los acuerdos de Georgetown
  5. Capítulo 5 — La última victoria de Perón
  6. Capítulo 6 — La retirada
  7. Capítulo 7 — El constructor
  8. Capítulo 8 — Las fábricas del futuro
  9. Capítulo 9 — La guerra fría argentina
  10. Capítulo 10 — El heredero
  11. Capítulo 11 — El petróleo negro
  12. Capítulo 12 — Balbín presidente
  13. Capítulo 13 — La sombra del sur
  14. Capítulo 14 — Veintitrés días de guerra
  15. Capítulo 15 — La paz de Punta Arenas
  16. Capítulo 16 — El último general
  17. Capítulo 17 — El ingeniero de Tucumán
  18. Capítulo 18 — El dios del fútbol
  19. Capítulo 19 — El padre del consenso
  20. Capítulo 20 — La Segunda República
  21. Capítulo 21 — El atentado
  22. Capítulo 22 — La presidenta incómoda
  23. Capítulo 23 — Conectar el siglo
  24. Capítulo 24 — Habemus Papam
  25. Capítulo 25 — Entre el dragón y el águila
  26. Capítulo 26 — El año en que el mundo se detuvo
  27. Capítulo 27 — La República digital
  28. Capítulo 28 — La elección del futuro
  29. Capítulo 29 — La República de Septiembre

Epílogo y cierre

  1. Epílogo
  2. Historia, ficción y fuentes
  3. Fe de erratas de la contratapa original
  4. Contratapa original

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