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La República de SeptiembreCapítulo 14 — Veintitrés días de guerra
Ilustración original de apertura para Capítulo 14 — Veintitrés días de guerra
Ilustración original del proyecto autoral, creada con asistencia de IA (según declaración del autor).

Capítulo 14 — Veintitrés días de guerra

Atlántico sur, 15 de diciembre de 1978.

Julián Rivas había aprendido a reconocer a sus compañeros por los pasos en una cubierta oscura. El mar y el viento les borraban la voz a unos pocos metros. Esa mañana, cuando el oficial anunció que Argentina y Chile estaban en guerra, vio que el conscripto a su lado se agachaba a asegurar una cuerda que ya estaba bien atada. Julián hizo lo mismo con otra. Nadie necesitaba la cuerda; necesitaban una acción que tuviera principio y fin.

En Buenos Aires, Balbín recibió la confirmación de los primeros enfrentamientos. Los informes no coincidían sobre cuál movimiento había iniciado el fuego. Ordenó que se preservaran las comunicaciones y que cada parte separara observación de inferencia. Un ministro le preguntó si pensaba discutir en ese momento la autoría del primer disparo.

—La vamos a discutir después —dijo Balbín—. Hoy necesito saber qué orden puede detener el siguiente.

Las operaciones se extendieron por el espacio austral: contactos entre buques y aeronaves, posiciones defendidas en tierra, movimientos de unidades que perdían tiempo y hombres antes de llegar a donde se las necesitaba. Ninguna acción aislada produjo una ventaja decisiva. Cada mando veía sólo una parte del frente y cada parte bastaba para pedir refuerzos. Los comunicados oficiales daban nombres de lugares, hablaban de objetivos y evitaban describir lo que una madre tendría que leer en la lista de bajas.

Julián conoció la guerra por detalles todavía más pequeños. Una taza de metal que se deslizaba con el balanceo. El cansancio que hacía repetir una orden para estar seguro de haberla oído. El rostro de un marinero al que llamaban Ponce, concentrado en una lectura de radar que no se correspondía con la forma que todos habían imaginado para el enemigo.

—¿Lo tenés? —preguntó el oficial.

—Tengo una señal —respondió Ponce.

Esperaron una confirmación. El contacto se perdió. Un golpe de mar hizo vibrar la cubierta y Ponce se quedó inmóvil, con la mano suspendida sobre el instrumento. Julián esperó a que alguien ordenara volver a los puestos de descanso. La orden no llegó. A las horas supieron de un barco dañado en otro sector y dejaron de usar la palabra falsa para cualquier cosa.

En una alarma posterior, la señal apareció de nuevo. Ponce leyó las coordenadas, las repitió cuando se las pidieron y alzó la vista hacia Julián. Una sacudida los arrojó contra el mamparo antes de que pudieran decidir si el ruido venía del mar o de un arma. Julián se incorporó con sangre en la boca. Ponce estaba en el suelo y trataba de recoger una hoja de registro que el agua había pegado al metal.

—Dejá eso —le dijo Julián.

—Ahí está la hora.

Julián la recogió. Otro marinero llegó con una venda. Ponce podía hablar, pero no apoyar una pierna. Mientras lo ayudaban a salir, pidió que no completaran el registro con una identificación que no habían confirmado. Su preocupación exasperó a Julián; después comprendió que era la única parte de aquella noche que Ponce todavía podía gobernar.

Elena fue a la estación a preguntar por el correo militar. Había otras familias con sobres abiertos para comprobar que la dirección estuviera completa. Una mujer le aseguró que su hijo había llamado desde el sur; otra dijo que los teléfonos estaban cortados. Elena no corrigió a ninguna. Escribió a Julián sobre la casa, sobre una gotera en la cocina y sobre el partido de fútbol que sus vecinos seguían recordando. Se obligó a no llenar la hoja de preguntas que él quizá no pudiera contestar.

Mateo revisó con ella las noticias disponibles. Conservaba contactos en la Armada y se negó a pedirles una promesa sobre el barco de Julián. Lo que podía saber no equivalía a lo que necesitaban. Elena vio que esa renuncia le costaba.

En Chile, una familia esperaba también. Balbín recibió fotografías de posiciones enemigas y no quiso que la palabra enemigo cerrara la información sobre los hombres que las ocupaban. Eso no redujo su obligación de defender a los argentinos enviados al frente. La volvió más insoportable: debía decidir sobre personas que no conocía en ambos lados de una frontera.

Para la Navidad, algunos barcos mantenían luces mínimas. Julián escribió unas líneas en un papel que no sabía cuándo saldría: estaba bien, tenía frío, había aprendido a dormir en intervalos que antes no habría llamado sueño. Escribió que Ponce se había herido durante una alarma y tachó la frase: ignoraba si la noticia habría llegado a su familia. Dejó su nombre en el margen. Recordó la hoja de registro, la hora que habían salvado y todo lo que seguían sin poder afirmar.

En la Casa Rosada, los canales diplomáticos no se habían cerrado del todo. Estados Unidos temía una escalada regional; la Santa Sede buscaba una fórmula que ambos gobiernos pudieran aceptar. Balbín había pedido propuestas que incluyeran separación verificable de fuerzas y continuidad de la discusión territorial. En el campo, sin embargo, una unidad podía recibir la noticia de una conversación y perder a un hombre antes de que se cursara una orden de alto el fuego.

El 6 de enero de 1979 se abrió una pausa negociada. Del 15 de diciembre a aquel día habían transcurrido veintitrés jornadas contando ambos extremos; para Julián eran turnos sin una medida clara del tiempo. Cuando le dijeron que cesarían los combates, no sintió alivio inmediato. Miró a los oficiales confirmar la orden por una segunda vía. Sólo entonces fue a sentarse junto al lugar donde Ponce solía guardar su taza.

En los recuentos finales de esta guerra, Argentina reconocería alrededor de mil ochocientos muertos y Chile unos dos mil trescientos. Las cifras del conflicto seguían siendo discutidas por familias que buscaban nombres y circunstancias, no sólo una suma. En Buenos Aires, Elena oyó el número argentino en la radio y apagó el aparato antes de que terminara el boletín. Todavía no sabía si Julián estaba entre los vivos.

Él regresó al camarote y encontró su carta sin enviar. Añadió una línea: «Parece que vamos a hablar». No escribió «terminó». Había visto demasiadas veces cómo una noticia llegaba después de que alguien ya había pagado por una decisión anterior.

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Índice

Preliminares

  1. Tapa
  2. Nota de esta edición
  3. Prólogo — El sur

Capítulos

  1. Capítulo 1 — El día que la historia cambió
  2. Capítulo 2 — Los mártires de Plaza de Mayo
  3. Capítulo 3 — El septiembre argentino
  4. Capítulo 4 — Los acuerdos de Georgetown
  5. Capítulo 5 — La última victoria de Perón
  6. Capítulo 6 — La retirada
  7. Capítulo 7 — El constructor
  8. Capítulo 8 — Las fábricas del futuro
  9. Capítulo 9 — La guerra fría argentina
  10. Capítulo 10 — El heredero
  11. Capítulo 11 — El petróleo negro
  12. Capítulo 12 — Balbín presidente
  13. Capítulo 13 — La sombra del sur
  14. Capítulo 14 — Veintitrés días de guerra
  15. Capítulo 15 — La paz de Punta Arenas
  16. Capítulo 16 — El último general
  17. Capítulo 17 — El ingeniero de Tucumán
  18. Capítulo 18 — El dios del fútbol
  19. Capítulo 19 — El padre del consenso
  20. Capítulo 20 — La Segunda República
  21. Capítulo 21 — El atentado
  22. Capítulo 22 — La presidenta incómoda
  23. Capítulo 23 — Conectar el siglo
  24. Capítulo 24 — Habemus Papam
  25. Capítulo 25 — Entre el dragón y el águila
  26. Capítulo 26 — El año en que el mundo se detuvo
  27. Capítulo 27 — La República digital
  28. Capítulo 28 — La elección del futuro
  29. Capítulo 29 — La República de Septiembre

Epílogo y cierre

  1. Epílogo
  2. Historia, ficción y fuentes
  3. Fe de erratas de la contratapa original
  4. Contratapa original

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