
Capítulo 26 — El año en que el mundo se detuvo
Buenos Aires, 2020.
Inés Rivas había reducido sus horas en el archivo para enseñar historia en una escuela pública. El primer día que debió preparar una clase sin alumnos en el aula buscó en los registros del programa de conectividad de 1996. Encontró un listado de equipos entregados. La mitad había sido reemplazada y la otra mitad ya no tenía soporte. Ninguna columna indicaba si cada estudiante disponía de un lugar tranquilo para escucharla.
Llamó a una familia que no había respondido las tareas. La madre compartía un teléfono con tres hijos y trabajaba fuera de casa. Inés dejó de enviar archivos largos y comenzó a preparar ejercicios que pudieran leerse sin conexión. Aun así, algunos alumnos desaparecían de la pantalla durante semanas. No sabía si estaban enfermos, cansados o cuidando a alguien.
Julio Cobos, presidente desde diciembre de 2018, reunió equipos de salud, gobernadores y especialistas cuando la COVID-19 se expandió. Cada recomendación venía acompañada de límites: el conocimiento cambiaba, las capacidades sanitarias diferían entre provincias y cerrar una actividad protegía a unas personas mientras privaba a otras de ingresos o cuidados. Cobos pedía que los informes explicaran qué se sabía y qué aún se suponía. En la televisión, ese hábito sonaba a indecisión. En la mesa de gobierno, era la única forma de corregir una medida sin fingir que la información nueva había estado disponible desde el principio.
Se suspendieron eventos, se establecieron controles y hubo restricciones temporales. El sistema de salud organizó atención en hospitales públicos y privados. Las aulas cerraron durante períodos que no afectaron por igual a todos los barrios. Inés defendía medidas para reducir contagios y, al mismo tiempo, registraba pérdidas educativas que no podían despacharse como molestias menores.
Elena, muy mayor, vivía cerca de Julián. Él le dejaba compras en la puerta y hablaban por teléfono aunque podían verse a través del vidrio. Una tarde ella le preguntó por qué seguía usando guantes para acomodar las bolsas. Julián dijo que así se sentía más útil. Elena respondió que podía ser útil llamando a Inés, que estaba agotada.
Inés recibió esa llamada después de intentar por cuarta vez contactar a un alumno. Julián quiso darle una solución: más dispositivos, más plataformas, una línea telefónica escolar. Ella aceptó que podían ayudar y le pidió otra cosa: que escuchara cuánto tiempo llevaba sin saber si el chico comía bien.
En la Casa Rosada, Cobos recibió pedidos opuestos de apertura inmediata y de cierre prolongado. Su equipo elaboró umbrales sanitarios y revisiones periódicas. Había decisiones que el gobierno podía justificar con datos y otras que exigían reconocer una preferencia política entre costos difíciles de comparar. En una conferencia, Cobos distinguió ambas. Sus adversarios encontraron motivos reales para criticar medidas concretas; sus partidarios tuvieron que admitir que ningún indicador convertía a una familia en un promedio.
Nadia mantuvo la biblioteca cerrada al público durante un tiempo y organizó préstamos a distancia con voluntarios. A Inés le prestó libros para una clase sobre epidemias del pasado. No quiso que los alumnos terminaran el ejercicio con una moraleja sobre la superioridad de su época. En 2020, las personas contaban con ciencia y comunicaciones que sus antepasados no tuvieron; también podían ignorar a un vecino cuya conexión se cortaba a tres calles de una escuela conectada.
Cuando llegaron vacunas y comenzó la campaña de inmunización, Inés acompañó a Elena a un centro de salud. La enfermera explicó el procedimiento y respondió preguntas sin burlarse de ninguna. Elena le contó que también había sido enfermera. La mujer le pidió entonces que se sentara y la dejara hacer su trabajo. Elena obedeció con una sonrisa que Inés no le había visto en meses.
El regreso a las aulas no devolvió de inmediato los hábitos ni los aprendizajes perdidos. Inés encontró alumnos que necesitaban hablar antes de abrir un libro y otros que preferían no hablar de lo que habían vivido. Con un colega preparó una evaluación que servía para decidir qué enseñar, no para castigar la distancia recorrida por cada familia durante el cierre.
En 2022, Cobos terminó su mandato. Había hospitales que seguían recuperando personal, negocios que no habían vuelto a abrir y familias con ausencias que ningún discurso podía convertir en fortaleza colectiva. Inés guardó los planes de clase de 2020 junto a una lista de llamadas hechas a alumnos. No era un informe de victoria. Era la prueba de que, aun cuando el mundo parecía detenido, muchas personas habían trabajado para que otras pudieran regresar a él.