
Capítulo 21 — El atentado
Buenos Aires, 18 de julio de 1994.
Nadia Szapiro llegó a la biblioteca con una llave que no abría la puerta principal. Su compañera ya había levantado la persiana y preparado las mesas. Nadia se había detenido a comprar papel, una tarea tan ordinaria que más tarde recordaría el precio y el cambio recibido con una nitidez cruel.
A las 9:53 la explosión quebró las ventanas de la cuadra. Nadia cayó contra una pared y tardó en comprender que el ruido había venido de la sede de la AMIA. Salió con otros vecinos. En Pasteur había polvo, escombros y personas que gritaban nombres. Antes de pensar en quién había puesto la bomba, pensó en Raquel, que había quedado en el edificio, y en una carpeta de documentos que ambas habían acordado revisar esa mañana. La vergüenza de recordar la carpeta mientras buscaba a su amiga la acompañaría durante años, aunque nadie que la conociera habría visto en ello una falta.
El atentado asesinó a ochenta y cinco personas e hirió a muchas más. Durante las primeras horas, Nadia no tenía una cifra: tenía teléfonos que no respondían, una lista de hospitales y una libreta donde anotó lo que cada familiar le decía para no pedirles que repitieran la historia. Una vecina insistió en que «habían atacado a todos». Nadia sabía que la solidaridad era verdadera y también que el blanco no había sido escogido al azar. Quería que el país acompañara a la comunidad judía sin borrar por qué la habían atacado.
Raúl Alfonsín era el presidente. Recibió los primeros informes en la Casa Rosada y se trasladó al lugar después de consultar con los equipos de rescate para no impedir su trabajo. Pidió que se preservaran restos y testimonios, que la investigación judicial tuviera recursos y que las agencias de seguridad documentaran cada intervención. Sabía que un acto presidencial podía expresar duelo y, al mismo tiempo, contaminar una pesquisa si convertía una hipótesis temprana en sentencia.
En una reunión con ministros y responsables de seguridad, alguien propuso anunciar la autoría probable antes de que terminara el día. Alfonsín preguntó qué se sabía, quién lo había verificado y si un juez podía usarlo. La respuesta no alcanzó. Ordenó comunicar lo comprobado y conservar las hipótesis dentro de la investigación.
Elena Rivas vio las imágenes por televisión. Los escombros la devolvieron a junio de 1955, pero se negó a describir el atentado como una repetición de su propia historia. Llamó a Julián. Su hija Inés, de ocho años, estaba con él y preguntaba por qué alguien habría atacado una institución de la comunidad judía.
—Porque hay gente que decide que otros no tienen derecho a vivir como son —dijo Julián.
Inés quiso saber si Nadia, una amiga de la familia que le prestaba libros, estaba allí. Aún no lo sabían. Elena recordó cuánto daño hacían las respuestas dadas sólo para tranquilizar.
Nadia volvió a casa de madrugada. Habían trasladado a Raquel herida a un hospital; Nadia todavía no sabía si se recuperaría. Un periodista la esperaba cerca de la puerta y quiso que dijera si el país había quedado unido. Nadia no lo culpó por buscar una frase. Le respondió que al día siguiente necesitaba volver al hospital y acompañar a la hermana de Raquel. Si la unidad significaba acompañarlas, habría que comprobarla en los meses siguientes.
Las fuerzas políticas emitieron una declaración común de condena y apoyo a las víctimas. Hubo donantes, vecinos que llevaron comida y personas que ofrecieron habitaciones. Hubo también preguntas incómodas sobre la seguridad previa y sobre el atentado contra la Embajada de Israel de 1992. Nadia las formuló en una reunión de familiares. No quería que la ayuda inmediata sirviera de sustituto de una investigación.
Carrió, entonces candidata en la elección de aquel año, asistió a una convocatoria pública. Habló menos de lo que su equipo esperaba. Escuchó a una mujer pedir acceso a los expedientes y a un hombre reclamar que los servicios de inteligencia no se investigaran a sí mismos. Carrió anotó ambas exigencias. No era presidenta y no podía ordenar una pesquisa; podía prometer que, si asumía, sometería su gestión a esas preguntas. Nadia desconfió de la promesa, como desconfió de todas. Decidió conservarla por escrito.
En los meses siguientes hubo peritajes, solicitudes de cooperación internacional y disputas por el resguardo de pruebas. Algunas líneas apuntaban hacia redes fuera del país; otras examinaban apoyos locales y posibles fallas estatales. El hecho de que una hipótesis fuera grave no la hacía automáticamente demostrada. El Congreso discutió unidades especializadas y controles sobre la inteligencia. La urgencia de prevenir otro ataque presionaba a quienes pedían garantías, y éstos recordaban que una investigación sin reglas podía perder precisamente la verdad que perseguía.
Cada 18 de julio, Nadia volvería a oír una sirena a las 9:53. La primera vez todavía no podía imaginar ese ritual. Tenía la libreta del día del atentado, con números tachados y nombres escritos dos veces. Al llegar a la última página vio el título de la carpeta que debía revisar con Raquel. Lo dejó allí. Quería recordar que su amiga había tenido trabajo, intereses y planes antes de que el país la conociera sólo como una sobreviviente.