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La República de SeptiembreCapítulo 1 — El día que la historia cambió
Ilustración original de apertura para Capítulo 1 — El día que la historia cambió
Ilustración original del proyecto autoral, creada con asistencia de IA (según declaración del autor).

Capítulo 1 — El día que la historia cambió

Buenos Aires, 16 de junio de 1955.

Elena Rivas discutió con su hermano antes de salir. Mateo había llegado de madrugada, todavía con olor a combustible en el abrigo, y encontró la mesa puesta para el desayuno. No tocó el café. Se quedó mirando el diario que Elena había abierto junto al pan.

—Hoy no vayas al centro —dijo.

—Tengo turno en el hospital.

—Pedí que te cambien.

Elena alzó la vista. Mateo trabajaba en la Marina y desde hacía semanas respondía cualquier pregunta con una prudencia que se le parecía demasiado al miedo. Ella no quería otro debate sobre Perón a esa hora. Ya habían agotado todos los argumentos posibles y seguían sentándose a la misma mesa porque su madre, muerta dos inviernos atrás, les había enseñado que uno podía poner dos platos aun cuando una conversación fuera imposible.

—Si sabés algo, decímelo.

—Sé que habrá una exhibición aérea. Habrá gente en la calle.

—Entonces voy a llegar tarde si espero el tranvía siguiente.

Mateo apretó la mandíbula. Elena vio que quería agregar algo, pero sólo apartó la taza. Cuando cerró la puerta detrás de él, dejó el café intacto.

A media mañana, el aire del Río de la Plata se había metido bajo el cuello del guardapolvo de Elena. Desde la parada vio hombres con portafolios, una madre que llevaba a su hijo de la mano, dos empleados discutiendo si los aviones pasarían por encima de la Casa Rosada. Nadie hablaba en voz baja. La ciudad había aprendido a discutir de política hasta en la fila del pan, pero esa mañana la palabra que más se oía era bandera.

Elena había prometido entregar unos papeles a una compañera antes de entrar al hospital. Tomó por una calle lateral. El ruido del primer motor llegó por detrás de los edificios y creció hasta obligarla a mirar arriba. Los aviones aparecieron sobre los techos con una precisión que, por un instante, le pareció hermosa. Alguien aplaudió. Una mujer señaló el cielo al niño.

La primera explosión no se pareció a ninguna de las cosas que Elena había imaginado que podía hacer un avión.

El suelo se movió. Un vidrio se abrió en mil piezas a su izquierda. Una ráfaga de polvo le llenó la boca. Había un hombre de rodillas junto a un poste, con las manos en la cabeza; al lado de él, una bolsa de naranjas se deshizo sobre la vereda. Elena no vio caer la segunda bomba. La sintió en el pecho.

—¡Al suelo! —gritó alguien.

Elena se cubrió bajo una entrada. Contó, sin proponérselo, los segundos entre el motor y el siguiente estruendo. Un segundo, dos. Después dejó de contar. La madre de la parada estaba contra la pared de enfrente, inclinada sobre el niño. Elena corrió hacia ellos cuando los motores se alejaron. El pequeño tenía un corte en la frente; estaba consciente y furioso porque la sangre le caía sobre un ojo.

—Mirame —le dijo—. No muevas la cabeza.

La mujer preguntó si era grave. Elena dijo que no sabía. Había aprendido en el hospital que una respuesta honesta podía asustar y que una mentira podía matar.

Una nueva oleada llegó antes de que terminaran de vendarlo. Esta vez el ruido de los motores no engañó a nadie. Elena y la madre arrastraron al chico bajo la arcada de un comercio. Un hombre entró detrás con una desconocida en brazos. Tenía la camisa salpicada de polvo y una manga oscura de sangre.

—¿Quién es? —preguntó Elena.

—No sé. Estaba junto al colectivo.

La acostaron sobre dos abrigos. Elena le buscó el pulso. La mujer abrió los ojos y dijo una palabra que Elena no alcanzó a entender. Acercó la oreja.

—Mi bolso.

El hombre fue a buscarlo y volvió con las manos vacías. La calle ya no era una calle: un vehículo atravesado, cables caídos, gente que corría de un lado a otro sin saber de qué huía. En dirección a la plaza se levantaba una columna de humo. Elena quiso pensar en su guardia, en las camas, en las cajas de vendas que sabía dónde encontrar. No sabía cómo llegar.

Los aviones regresaron. La mujer del abrigo le agarró la muñeca con una fuerza inesperada.

—No me deje.

—Estoy acá.

Lo dijo mientras pensaba en Mateo. En su consejo demasiado preciso. En los compañeros de trabajo cuyos nombres no conocía. Quiso odiarlo de inmediato y no pudo: odiar exigía una certeza que todavía no tenía.

Un policía y dos civiles improvisaron una camilla con una puerta arrancada. Elena los acompañó hasta un puesto de socorro. Las horas siguientes se le mezclaron en una secuencia de manos: manos que sujetaban gasas, que abrían paso, que buscaban nombres escritos en papeles húmedos. Había empleados públicos, soldados, transeúntes, gente que había ido a ver una ceremonia. A medida que llegaban, Elena dejaba de distinguir a quién habría votado cada uno.

Al atardecer, cuando la última oleada había pasado, el centro seguía sonando. Sirenas, radios, pasos apresurados sobre vidrio. En el hospital una enfermera mayor le dijo que habían atacado para matar a Perón y que el presidente no estaba en la Casa Rosada. Elena miró las camillas.

—Ellos sí estaban —respondió.

No había un número definitivo de muertos. Cada lista cambiaba antes de secarse la tinta. Una familia esperaba noticias de un hijo; otra preguntaba por una madre que había salido a hacer un trámite. La mujer del abrigo sobrevivió a la primera operación. Elena escribió su nombre cuando por fin pudo decirlo. No escribió el nombre del hombre que la había llevado porque él se había ido a buscar a otro herido y no regresó.

De noche, Mateo apareció en el pasillo. No llevaba uniforme. Tenía una raya negra junto a la oreja, como si hubiera apoyado la cabeza contra una máquina. Elena sostuvo la mirada de su hermano hasta que él bajó los ojos.

—Te pedí que no vinieras —dijo.

Ella quiso golpearlo. Quiso abrazarlo. Quiso saber qué había sabido y desde cuándo. En vez de todo eso le señaló la hilera de camillas que llegaba hasta el fondo del corredor.

—Empezá por decirme a quién puedo atender primero.

Mateo miró el pasillo. Se quitó el abrigo y ayudó a cargar una camilla. Trabajaron juntos hasta que volvió a amanecer. La pregunta quedó entre los dos, sin respuesta y sin posibilidad de olvidarla.

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Índice

Preliminares

  1. Tapa
  2. Nota de esta edición
  3. Prólogo — El sur

Capítulos

  1. Capítulo 1 — El día que la historia cambió
  2. Capítulo 2 — Los mártires de Plaza de Mayo
  3. Capítulo 3 — El septiembre argentino
  4. Capítulo 4 — Los acuerdos de Georgetown
  5. Capítulo 5 — La última victoria de Perón
  6. Capítulo 6 — La retirada
  7. Capítulo 7 — El constructor
  8. Capítulo 8 — Las fábricas del futuro
  9. Capítulo 9 — La guerra fría argentina
  10. Capítulo 10 — El heredero
  11. Capítulo 11 — El petróleo negro
  12. Capítulo 12 — Balbín presidente
  13. Capítulo 13 — La sombra del sur
  14. Capítulo 14 — Veintitrés días de guerra
  15. Capítulo 15 — La paz de Punta Arenas
  16. Capítulo 16 — El último general
  17. Capítulo 17 — El ingeniero de Tucumán
  18. Capítulo 18 — El dios del fútbol
  19. Capítulo 19 — El padre del consenso
  20. Capítulo 20 — La Segunda República
  21. Capítulo 21 — El atentado
  22. Capítulo 22 — La presidenta incómoda
  23. Capítulo 23 — Conectar el siglo
  24. Capítulo 24 — Habemus Papam
  25. Capítulo 25 — Entre el dragón y el águila
  26. Capítulo 26 — El año en que el mundo se detuvo
  27. Capítulo 27 — La República digital
  28. Capítulo 28 — La elección del futuro
  29. Capítulo 29 — La República de Septiembre

Epílogo y cierre

  1. Epílogo
  2. Historia, ficción y fuentes
  3. Fe de erratas de la contratapa original
  4. Contratapa original

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