
Capítulo 11 — El petróleo negro
Buenos Aires, comienzos de 1974.
Elena Rivas volvió del almacén con menos cosas que las anotadas en una hoja. No faltaba dinero para una compra de emergencia. Faltaba la confianza necesaria para saber cuánto reservar para la siguiente. Julián, que tenía catorce años, repasó los precios escritos con lápiz y preguntó si la leche siempre había costado lo mismo que aquel día.
—No —dijo ella—. Por eso guardo los recibos.
La crisis del petróleo había empezado lejos de la mesa de su cocina. La guerra de octubre de 1973 en Medio Oriente y las decisiones de los países productores habían elevado el precio internacional del crudo. La Argentina de esta historia producía parte de su energía, pero sus fábricas, su transporte y sus cuentas exteriores no estaban aislados del mercado mundial. Un insumo más caro podía convertirse, después de varios contratos y varios meses, en un viaje, una pieza o un alimento más caro. Nada de ese trayecto era automático; cada empresa y cada gobierno decidía cuánto costo absorbía y cuánto trasladaba.
Clara Villalba encontró la crisis en una orden de compra. La fábrica de Córdoba necesitaba combustible para hornos y transporte. El proveedor sólo garantizaba el precio durante una semana. La dirección quería reducir turnos preventivamente; Raúl Ferrer exigía ver las cuentas antes de aceptar que los trabajadores pagaran por una previsión. Sara, ya responsable de una sección, preguntó si podían modificar una etapa del proceso para consumir menos energía sin perder calidad.
—Podemos estudiarlo —dijo Clara—. No mañana por la mañana.
—Entonces estudiémoslo hoy.
Las pruebas tardaron. Una de ellas arruinó un lote. Otra permitió ahorrar una cantidad modesta de combustible. El empresario la llamó insuficiente. Sara respondió que una solución parcial seguía siendo mejor que anunciar despidos como si fueran una ley física.
En la Casa Rosada, Antonio Cafiero recibía estimaciones que cambiaban con cada nueva cotización. Sus ministros discutían la ayuda a industrias intensivas en energía, el gasto público y la negociación salarial. Si protegía todos los precios, alguien tendría que financiar la diferencia; si dejaba que todos subieran de inmediato, muchas familias y empresas no tendrían tiempo de adaptarse. Las divisas requeridas para importar equipos y petróleo competían con otras necesidades. Cafiero pedía alternativas con costos explícitos y encontraba, en cada carpeta, una manera distinta de ocultarlos.
En una reunión con dirigentes sindicales, Raúl llevó la cuenta de una casa de Córdoba. No era un promedio nacional. Era la de Sara. Se lo aclaró al ministro que quiso convertirla en ejemplo estadístico.
—No vine a decir que todas las familias gastan lo mismo —dijo—. Vine a mostrar qué decisión cae sobre alguien cuando ustedes dicen «ajuste gradual».
El ministro presentó la cuenta de una planta que podía cerrar si los precios seguían intervenidos. Tampoco era una estadística nacional. Por primera vez en la reunión, ambos dejaron de competir por el derecho a representar al país entero.
La oposición radical, encabezada por Ricardo Balbín, ganó terreno en aquellos meses. Su propuesta no prometía devolver el precio del petróleo al pasado. Pedía reglas comprensibles para repartir la carga y una administración menos dependiente del prestigio heredado de los años de desarrollo. Cafiero rechazaba la idea de que el gobierno hubiese dejado de escuchar. Las asambleas y las largas esperas frente a los comercios indicaban que escuchar ya no bastaba.
Julián acompañó a Elena a visitar a Mateo. El marino retirado tenía una radio nueva que captaba debates parlamentarios con una claridad irritante. Un legislador describió la inflación como una cifra anual. Julián preguntó si esa cifra incluía el dinero que Elena había dejado de gastar en la librería.
—Incluye muchas cosas —respondió Mateo—. Ése es el problema cuando queremos que explique una sola vida.
Elena revisó el recibo más antiguo que conservaba. La comparación no la tranquilizó. Tampoco la llevó a desear que alguien suspendiera las elecciones para resolver los precios más rápido. Había vivido la otra promesa de rapidez en 1955.
Cuando se acercó la votación de junio, Cafiero pidió otro informe sobre las medidas tomadas. Había conservado fábricas y empleo mejor de lo que temieron algunos ministros; también había perdido apoyo entre quienes ya no podían planificar el mes. Sabía que la economía mundial no sería el único motivo de una derrota, si la había. Cada gobierno respondía por las decisiones adoptadas dentro de los límites que no había elegido.
Raúl volvió a Córdoba con una propuesta de revisión salarial. Sara la leyó antes de firmar. Exigió una cláusula para el turno nocturno y otra para informar los costos de energía a la comisión interna. El acuerdo no resolvió la crisis. Permitió que un grupo de personas supiera qué estaba negociando.
Elena pegó en la puerta de la cocina el recibo nuevo junto al viejo. Julián los comparó sin que ella se lo pidiera. Había aprendido a leer números en una escuela y a desconfiar de las palabras solemnes en su casa. Dentro de pocos años tendría que aprender otra cosa: cuánto puede costar una decisión tomada en nombre de la nación cuando sus consecuencias llegan, como el petróleo, desde muy lejos.