
Capítulo 13 — La sombra del sur
Buenos Aires, 1977.
Julián Rivas tuvo que buscar el canal Beagle en un atlas escolar. Había oído discutirlo en la mesa, en el tren y en un programa de radio, pero no podía situar las islas cuya posesión parecía ocupar de pronto la conversación del país. Elena lo vio inclinarse sobre el mapa con una regla. A él le sorprendía que un espacio tan pequeño admitiera líneas incompatibles.
—Los mapas muestran reclamos —dijo ella—. No deciden solos qué hacemos con ellos.
Mateo, que había servido en la Armada, corrigió un nombre de isla y explicó cómo podían cambiar las rutas marítimas según el criterio adoptado. Elena le pidió que no convirtiera la explicación en una orden. Su hermano se ofendió: sabía distinguir una posición jurídica de una operación naval. Ella también sabía que había hombres dispuestos a saltar de la primera a la segunda sin pasar por una negociación.
En la Casa Rosada, Balbín recibía informes sobre la disputa austral con Chile. El laudo arbitral de 1977 había endurecido las posiciones políticas en esta línea de la historia. Los juristas del gobierno analizaban sus efectos; los mandos militares preparaban contingencias que decían esperar no utilizar. Del otro lado de la cordillera gobernaba Augusto Pinochet. Balbín desconfiaba de que un régimen militar pudiera soportar en público una concesión, y desconfiaba también de los argentinos que creían que una democracia debía mostrar firmeza mediante un ultimátum.
En una reunión pidió dos mapas. El primero señalaba las islas disputadas. El segundo mostraba ciudades, puertos y rutas de abastecimiento.
—Quiero que cada propuesta venga con ambos —dijo—. Una frontera no está vacía porque la dibujemos desde lejos.
Un almirante replicó que posponer la decisión permitiría al otro país consolidar su posición. El canciller respondió que apresurarla podía cerrar la última vía de arbitraje. Balbín escuchó al militar y al diplomático, y pidió por escrito el costo de cada curso de acción. Ninguna carpeta pudo convertir las consecuencias en una columna de números completa.
El debate llegó a los talleres donde trabajaba Raúl Ferrer. Una parte de los obreros consideraba que negociar después de un laudo desfavorable equivalía a resignarse. Otros preguntaban cuántos serían convocados si la discusión salía de las cancillerías. Raúl no tenía una respuesta pacifista capaz de resolver la disputa territorial. Tenía el recuerdo de Avellaneda: había empuñado un arma para impedir que una facción destruyera el gobierno y no estaba dispuesto a llamar cobardía a quien quisiera agotar una conversación entre Estados.
Perón recibió a Balbín en San Vicente. Los dos habían hablado antes de economía y de elecciones; esta vez la distancia entre una palabra y una orden militar estaba presente en cada pausa. Balbín pidió su juicio. Perón defendió el reclamo argentino y preguntó qué puerta diplomática seguía abierta. No ofreció una frase que absolviera al presidente de decidir.
—Si la cierra —dijo—, asegúrese de saber quién podrá abrirla después.
Balbín salió sin un permiso ni una prohibición. Le irritó y le sirvió.
En junio de 1978, la selección argentina ganó el Mundial. Julián salió a la calle con amigos y terminó cerca de una plaza donde desconocidos se abrazaban. Había una alegría que no dependía de la política exterior y que merecía existir por sí misma. Cuando volvió, encontró a Mateo escuchando una transmisión sobre buques en el sur. Durante unas horas habían vivido en el mismo país y en dos tiempos distintos.
El resto del año redujo la distancia entre ellos. Julián recibió la convocatoria para cumplir servicio. Elena dobló su ropa con una exactitud que él interpretó como calma. Sólo cuando levantó el bolso vio que había metido dos pares de medias de más.
—No voy a una guerra —dijo.
—Yo tampoco dije eso.
Él quiso contestar y no encontró una frase que no sonara infantil. Mateo le mostró cómo cuidar los pies con frío y humedad. No habló de patriotismo. Julián lo agradeció más tarde, aunque esa tarde le pareció una manera de admitir lo que todos negaban.
La noche del 13 de diciembre, Balbín permaneció en su despacho hasta la madrugada. Tenía ante sí informes militares, propuestas de mediación y llamadas que no llegaban de Chile a la hora acordada. Los ministros discutían cuánto tiempo podía sostenerse una movilización sin que alguien interpretara un movimiento defensivo como el inicio de un ataque.
Pidió que verificaran una noticia sobre barcos antes de transmitirla a los mandos. El oficial de enlace insistió en que había que decidir de inmediato.
—Justamente por eso —respondió Balbín.
En su casa, Elena volvió a abrir el atlas de Julián. Había puesto una marca pequeña junto al canal. Ahora pensó que no sabía dónde estaba el barco al que lo destinarían, ni cuánto tardaría una carta. El mapa le permitía ubicar las islas y era incapaz de decirle lo que más necesitaba saber.