Epílogo
El 16 de junio de 1955, Buenos Aires fue bombardeada. Ese hecho pertenece a la historia. Esta novela imagina otra respuesta al levantamiento de septiembre: la rebelión fracasa y, desde entonces, la Argentina sigue un camino que no recorrió. La distinción importa. Una ucronía puede dar forma a una posibilidad; no debe vestirla con la autoridad de un documento que nunca existió.
En estas páginas la continuidad democrática no impidió ejecuciones discutibles, una ley de seguridad susceptible de abuso, una guerra entre vecinos, corrupción, terrorismo ni desigualdades nuevas. Tampoco absolvió de errores a los dirigentes que aceptaron entregar el poder. La permanencia de las instituciones tuvo valor porque permitió que las decisiones fueran disputadas y revisadas por personas que no compartían una misma idea del país.
La historia real no ofrece una segunda prueba de laboratorio. Nadie puede demostrar que la Argentina habría vivido los hechos aquí narrados si el golpe de 1955 hubiese fracasado. Lo que sí puede examinarse es la tentación de explicar un siglo mediante un salvador, una sola fecha o una secuencia inevitable. Los documentos de nuestra historia muestran decisiones tomadas por personas concretas; la ficción pregunta qué otras decisiones habrían sido posibles y a quiénes habrían afectado.
La República de Septiembre termina con un expediente abierto. No es una promesa de que el futuro será mejor por sí solo. Es una forma de reconocer que una comunidad política dura mientras deja a sus miembros la posibilidad de pedir razones, conservar pruebas, corregir errores y seguir discutiendo sin renunciar a vivir juntos.