
Capítulo 12 — Balbín presidente
Buenos Aires, junio de 1974.
Ricardo Balbín había prometido un gobierno capaz de discutir la crisis sin tratar a cada adversario como un peligro para la República. A los partidarios más jóvenes les parecía una promesa demasiado pequeña. Él sabía cuánto esfuerzo exigía cumplirla cuando los precios subían, los sindicatos presionaban y el gobierno saliente podía atribuir parte de sus dificultades al mundo.
Una tarde fue a San Vicente. Perón lo recibió sin periodistas. Los dos habían conocido épocas en que la oposición y el oficialismo apenas podían atribuirse buena fe. Balbín quería que el dirigente más influyente del peronismo dijera públicamente que una derrota electoral no cuestionaría la legitimidad del próximo gobierno. Perón quería saber si Balbín gobernaría con el movimiento sindical sentado a la mesa o sólo convocado cuando necesitara un acuerdo salarial.
—No le pido que apruebe mi programa —dijo Balbín.
—Y yo no le pido que lo escribamos juntos.
Hablaron de los límites que ninguno podía garantizar por completo. Perón no dirigía cada sindicato ni cada gobernador; Balbín no podía prometer que todos los radicales respetarían sus llamados a negociar. La conversación terminó sin una frase preparada para pasar a la historia. Ambos salieron con algo menos cómodo: la obligación de responder por sus propios aliados.
Elena Rivas escuchó el debate final de campaña en la radio del hospital. Cafiero defendió la inversión y los acuerdos con trabajadores; Balbín insistió en ordenar las cuentas sin entregar toda la carga a los salarios. En un momento se acusaron mutuamente de reducir el problema a una consigna. Elena se alegró de que por una vez los dos tuvieran razón en esa acusación. Ninguno podía gobernar con la mitad simple de su argumento.
El 23 de junio, la escuela del barrio abrió temprano. Julián había crecido viendo a su madre votar, pero ésta era la primera campaña cuya discusión entendía al menos en parte. Le preguntó por quién elegiría.
—Te digo después —respondió Elena.
—¿Por qué?
—Porque quiero que sepas que puedo hacerlo sin tener que explicárselo a nadie.
Julián no quedó satisfecho. Esa misma noche insistiría otra vez. Elena deseaba que él conociera el valor de la privacidad antes de necesitarla.
El escrutinio dio la victoria a Balbín: 51,2 por ciento frente al 46,1 de Cafiero; otros candidatos reunieron el resto. Elena leyó las cifras dos veces. No era un margen que autorizara a ignorar a casi la mitad del país. Cafiero reconoció el resultado sin adornarlo como triunfo moral. Dirigentes de su partido discutieron la conducción futura incluso antes de que terminara el recuento. Raúl Ferrer pidió que esperaran una noche.
—Perdimos una elección —dijo—. Eso alcanza por hoy.
Balbín llamó a Cafiero. Le pidió los informes sobre energía y los expedientes de la cooperación en Bolivia. Cafiero respondió que los recibiría completos. Los dos sabían que el traspaso ordenado no borraba las disputas sobre lo que esos documentos mostrarían. En el sindicato de Raúl, algunos esperaban medidas inmediatas; en la fábrica de Clara, la dirección retrasó una compra hasta conocer la política económica del nuevo gobierno. La alternancia tenía efectos antes de la ceremonia.
El día de la asunción, Elena vio a gente celebrar y a otros mirar en silencio. Una mujer del hospital, que había votado por Cafiero, comentó que al menos ya conocían el procedimiento. Elena pensó en 1955, cuando una parte del país había considerado más sencillo volar sobre una plaza que esperar una elección. Conocer el procedimiento no curaba la inflación ni garantizaba la paz. Establecía quién debía responder ahora por lo que viniera.
Balbín encontró sobre su escritorio dos carpetas que competían por atención. Una trataba del costo de la energía y de los salarios. La otra reunía informes sobre el extremo sur, islas pequeñas y una disputa territorial de larga duración con Chile. Un asesor sugirió dejar la segunda para después de las primeras medidas económicas.
—Si esperamos a que un conflicto de frontera se vuelva urgente, ya habrá empezado a decidir por nosotros —respondió Balbín.
Ordenó continuar las conversaciones diplomáticas y pidió que le separaran los hechos confirmados de las conjeturas de los servicios. Quería saber qué reclamaba Chile, qué sostenía Argentina y qué procedimientos seguían abiertos. Un militar solicitó participar en la próxima reunión. Balbín lo incluyó junto con los especialistas civiles; no le prometió la última palabra.
Julián encontró a Elena por la noche repasando los recibos de compra. Volvió a preguntarle por su voto. Ella le dijo que había elegido a quien creía más capaz de admitir malas noticias. No pronunció un nombre. Julián sospechó que esa respuesta también era una manera de enseñarle algo.
En el sur, lejos de la cocina, dos gobiernos seguían dibujando sobre los mismos mapas líneas incompatibles. Balbín aún no sabía cuánto de su mandato sería absorbido por ese territorio. Elena ignoraba que su hijo acabaría mirando esos mapas desde un barco. Por entonces, la elección apenas había cerrado una campaña y abierto una responsabilidad: gobernar un país que podía cambiar de presidente sin haber aprendido todavía a evitar la guerra.