
Capítulo 28 — La elección del futuro
Argentina, 2026.
Inés Rivas se negó a elegir una consigna para explicar su voto. Había escuchado a Horacio Rodríguez Larreta defender la continuidad de la modernización estatal y a Federico Álvarez, gobernador patagónico, prometer un equilibrio distinto entre provincias y gobierno central. Nicolás del Caño cuestionaba la distribución de los beneficios económicos; Javier Milei impugnaba el tamaño del Estado; otras fuerzas federales exigían que los planes nacionales empezaran por sus territorios. Las diferencias eran bastante grandes para que la elección importara.
En un debate, Álvarez propuso revisar la financiación de infraestructura y la protección de datos públicos. Larreta respondió que cambiar de administración podía detener proyectos que aún necesitaban años. Inés quería oír de ambos qué ocurriría con un registro mal corregido o con una vía ferroviaria que funcionaba para una ciudad y alejaba a otra. Cuando una periodista preguntó quién respondería por los expedientes que se perdieran en una migración de datos, Álvarez habló de auditorías provinciales y Larreta de continuidad operativa. Ninguno dijo cuánto tiempo tendría que esperar la persona cuyo nombre faltaba. Inés apagó el debate antes de los saludos finales y volvió a encenderlo: quería estar segura de que no había dejado de escuchar la respuesta.
Nadia había envejecido sin abandonar las reuniones de familiares de la AMIA. Le molestaba que todos los partidos prometieran justicia en una sola frase. Pidió a Inés que comparara sus propuestas sobre archivos, cooperación judicial y control de inteligencia. Al hacerlo, encontraron un programa con una fecha de publicación de documentos y otro que repetía una intención sin procedimiento. No supieron si la primera promesa se cumpliría. Al menos podían exigir cuentas sobre ella.
Julián votaría distinto de Inés. Se lo dijeron sin discutirlo. Desde el Beagle, él desconfiaba de quienes hacían de la soberanía una imagen sin costos. Su hija desconfiaba de quienes llamaban eficiencia a un sistema que no permitía apelar. Los dos creían estar defendiendo algo que el otro también valoraba.
En la escuela electoral, Inés recordó la vez que Elena se había negado a revelar su voto en 1974. Su abuela ya había muerto. Le había dejado una carpeta de documentos y ninguna instrucción sobre el partido que debía elegir. Inés la había consultado para preparar clases sobre el bombardeo, los juicios y la guerra. Los papeles no ofrecían una línea recta de progreso. Mostraban decisiones disputadas y nombres que podían perderse si nadie volvía a leerlos. Dentro del cuarto oscuro sostuvo la boleta un momento más de lo necesario. Pensó en Julián, que votaría distinto, y le sorprendió que el desacuerdo no la hiciera sentirse menos acompañada.
Los resultados empezaron a conocerse esa noche. En la biblioteca de Nadia, el televisor mostraba porcentajes que cambiaban cada vez que se incorporaba otra provincia. Julián quiso bajar el volumen. Nadia se lo impidió: los números no le interesaban menos porque fueran provisionales. Inés recibió un mensaje de una colega del archivo que temía por su puesto; escribió una respuesta, la borró y prometió llamarla al día siguiente. Ni siquiera sabían quién había ganado y ya había personas imaginando las consecuencias en su mesa de trabajo.
Cuando el recuento permitió ordenar las posiciones, Álvarez quedó primero; Larreta, segundo; Del Caño ocupó el tercer lugar. Las fuerzas provinciales reunieron una representación significativa. El movimiento libertario de Milei obtuvo una porción menor, suficiente para llevar su crítica al Congreso. Nadia dejó el lápiz con el que había anotado cifras. Julián no celebró; le preguntó a Inés si había escuchado la propuesta del ganador sobre los archivos. Ella contestó que sí y que precisamente por eso iba a conservar la grabación. Ninguna de aquellas posiciones convertía a los votantes de los demás en invitados tolerados por el ganador.
Larreta llamó a Álvarez y ofreció la información necesaria para la transición. En las oficinas del archivo, Inés preparó un inventario de sistemas, contratos y expedientes que el gobierno entrante debía recibir. Quiso que incluyera fallas conocidas, no sólo proyectos listos para una fotografía. Un superior le pidió una versión más breve. Ella hizo un resumen y conservó los anexos accesibles.
Federico Álvarez llegó a Buenos Aires días después para reunirse con los equipos salientes. Había construido su campaña desde Patagonia y hablaba de la distancia entre una política diseñada en la capital y su ejecución a miles de kilómetros. Un periodista lo presentó como el hombre que por fin cerraría las divisiones históricas de la República. Álvarez respondió que esperaba abrir una mesa de trabajo, no clausurar el desacuerdo. Inés vio la entrevista sin saber aún si la frase sobreviviría al primer presupuesto.
El día del traspaso, Nadia prefirió quedarse en la biblioteca. Julián fue a verla con una fotografía de Elena en 1955, tomada antes del bombardeo. No era una imagen de la plaza, sino de una reunión familiar. Nadia la sostuvo por los bordes.
—Todos quieren empezar el relato con la explosión —dijo.
—Ella ya tenía una vida —respondió Julián.
Inés llegó después de la ceremonia. Había escuchado a Álvarez aceptar que recibía una República imperfecta y comprometerse a mejorarla sin prometer que una elección resolvería todas sus deudas. Le contó a Nadia que en la oficina seguirían trabajando al día siguiente bajo nuevas autoridades.
—Entonces dejales una lista de lo que falta —dijo Nadia.
Inés pensó en los programas de inteligencia artificial, en las vías que todavía requerían mantenimiento y en los expedientes de personas que esperaban una respuesta. La elección había decidido quién gobernaría. Lo que el nuevo gobierno hiciera con esas listas decidiría si la continuidad significaba algo más que una ceremonia bien cumplida.