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La República de SeptiembreCapítulo 3 — El septiembre argentino
Ilustración original de apertura para Capítulo 3 — El septiembre argentino
Ilustración original del proyecto autoral, creada con asistencia de IA (según declaración del autor).

Capítulo 3 — El septiembre argentino

Avellaneda, 18 de septiembre de 1955.

La primera señal fue la falta de trenes. En la mesa de entrada del hospital, Elena Rivas oyó a un hombre maldecir a los ferroviarios antes de que una radio anunciara que un grupo de oficiales rebeldes intentaba tomar los depósitos del sur. Se hablaba de cortes de vía y de soldados en las calles. La voz del locutor repetía que el gobierno seguía en funciones; después la transmisión se interrumpió.

Elena salió para buscar a Mateo. Desde junio él vivía bajo la sospecha de sus antiguos compañeros y bajo la suya. Había declarado ante un juez, pero la declaración no borraba los años compartidos con hombres que ahora podían estar en cualquier uniforme. La última vez que lo había visto dijo que trabajaría en los talleres, cerca de los depósitos.

En la esquina de la estación, un obrero con brazalete sindical organizaba a quienes llegaban. Se llamaba Raúl Ferrer. Había llevado llaves inglesas y esperaba recibir otra clase de herramientas de una unidad leal. Elena le preguntó por Mateo.

—Acá no hay tiempo para buscar a uno solo —dijo él.

—Entonces decime dónde van a poner a los heridos.

Raúl la miró de nuevo. Le indicó una escuela a dos cuadras y envió con ella a un muchacho que conocía las calles libres. Mientras avanzaban, Elena vio a vecinos cerrar persianas y a otros quedarse ante las puertas, como si la decisión de entrar a la casa pudiera convertirse en una renuncia política. Una anciana les ofreció agua. Nadie se la bebió.

Los combates empezaron cerca de los depósitos. Elena no podía seguirlos en un mapa. Conocía el frente por la dirección desde donde llegaban los hombres: primero uno con una herida en la mano, luego dos que sostenían a un soldado por las axilas, después un ferroviario que había salido ileso y no conseguía decir el nombre de quien caminaba a su lado una hora antes. En la escuela, una maestra apartó los pupitres. Una médica de barrio llegó con un bolso de instrumental. Cada puerta se volvió una pregunta: si todavía era posible pasar por allí, si venía alguien más.

Al anochecer apareció Raúl. Tenía polvo en el pelo y una sangre que no era suya en la manga.

—Retuvieron la estación —dijo—. Los rebeldes se repliegan.

—¿Mateo?

—No lo vi.

Elena se enfureció con él por esa respuesta honesta. La rabia duró lo que tardó en entrar otro herido.

Durante casi doce horas, fuerzas leales y trabajadores organizados sostuvieron los accesos al sur de Buenos Aires. Al final de la jornada, el intento de cortar la capital había fracasado. La radio dio cifras de muertos y heridos que al día siguiente corregiría. Elena escuchó el resultado sentada en el suelo de la escuela, con las manos en un recipiente de agua ya oscura. Le costó entender qué había ganado una ciudad que había tenido que convertir un aula en puesto de socorro.

Mateo llegó de madrugada. Venía de otro sector de los talleres y traía un sobre de comunicaciones. Elena lo hizo sentarse aunque él aseguraba que no tenía lesiones.

—Pude haber ido con ellos —dijo cuando quedaron solos—. Hace seis meses habría dicho que defendían al país.

—¿Y ahora?

—Ahora sé lo que hacen cuando deciden que el país no somos nosotros.

Elena quiso creer que aquella frase lo separaba para siempre de los rebeldes. Había aprendido a desconfiar de la palabra siempre.

Las noticias de Córdoba llegaron mezcladas con mensajes de familiares. Un cuartel de comunicaciones había sido tomado por los sublevados. Un suboficial leal consiguió restablecer un enlace bajo fuego y permitió coordinar el contraataque. En los periódicos, la acción adquirió pronto una forma limpia: un hombre que corría, una línea que volvía a funcionar, la victoria al otro extremo. Mateo leyó la crónica con atención de mecánico.

—Si volvió la comunicación, hubo alguien que mantuvo los cables, alguien que llevó una batería y otro que recibió la señal —dijo.

—No lo escribieron.

—Entonces van a olvidarlos.

Elena miró el nombre del suboficial destacado. No quiso quitarle su coraje para repartirlo de manera más justa. Quiso que la historia pudiera recordar a más de una persona a la vez.

El levantamiento no terminó en Córdoba. A comienzos de octubre, las fuerzas rebeldes se concentraron cerca de Campo de Mayo y buscaron provocar nuevas adhesiones. San Miguel se convirtió durante tres días en el centro de una guerra que ninguno de los vecinos había pedido. Las columnas blindadas, la artillería y los voluntarios llegados de otras provincias hicieron de los caminos habituales un territorio desconocido. Elena no fue al frente. En el hospital de Buenos Aires recibió a un conscripto que preguntó, antes que por su propia pierna, si su madre podría encontrarlo allí.

—Voy a poner tu nombre en la lista —prometió.

La palabra lista volvió a pesarle como en junio. Había una para cada bando, otra para quienes no habían elegido ninguno, y otras incompletas en los hospitales de la zona. Cuando se confirmó la derrota rebelde, algunas familias salieron a festejar; otras continuaron esperando. El gobierno negoció rendiciones, detuvo a oficiales y buscó contener a las unidades que aún dudaban. La victoria militar no equivalía por sí misma a un acuerdo sobre lo ocurrido ni sobre el país que seguiría.

En noviembre, Mateo entregó el último informe que le habían pedido. Le ofrecieron un traslado. Podía dejar los talleres y empezar en una dependencia donde nadie conociera su apellido. Lo rechazó. No se lo contó a Elena como un gesto heroico: necesitaba el trabajo y también quería ver qué clase de institución quedaría después de que la rebelión fuese vencida.

En diciembre, cuando el gobierno anunció el fin de la insurrección, Elena fue con Raúl a la Plaza de Mayo. Perón habló desde el balcón de la defensa del voto y del sometimiento de los uniformes a la Constitución. Hubo una ovación que atravesó la plaza y pareció prolongarse en las calles laterales. Raúl la acompañó con las manos levantadas. Elena aplaudió también, aunque recordó al camillero de junio y las ejecuciones, la escuela de Avellaneda y el muchacho de San Miguel que quería ser encontrado.

—Terminó —dijo Raúl.

Elena observó los balcones, las banderas, los rostros de gente que había soportado meses de miedo. Sabía que había terminado una rebelión. No sabía si alguien podía prometer el final de todas las otras.

Al volver a casa encontró a Mateo arreglando la pata de una mesa que llevaba años floja. Había puesto un papel doblado bajo la madera hasta conseguir que se mantuviera en pie. Elena dejó el bolso y apoyó una mano en el borde. La mesa resistió. En la calle siguieron oyéndose bocinas y cantos; adentro, por primera vez desde junio, pudieron cenar sin tener que sujetar los platos.

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Índice

Preliminares

  1. Tapa
  2. Nota de esta edición
  3. Prólogo — El sur

Capítulos

  1. Capítulo 1 — El día que la historia cambió
  2. Capítulo 2 — Los mártires de Plaza de Mayo
  3. Capítulo 3 — El septiembre argentino
  4. Capítulo 4 — Los acuerdos de Georgetown
  5. Capítulo 5 — La última victoria de Perón
  6. Capítulo 6 — La retirada
  7. Capítulo 7 — El constructor
  8. Capítulo 8 — Las fábricas del futuro
  9. Capítulo 9 — La guerra fría argentina
  10. Capítulo 10 — El heredero
  11. Capítulo 11 — El petróleo negro
  12. Capítulo 12 — Balbín presidente
  13. Capítulo 13 — La sombra del sur
  14. Capítulo 14 — Veintitrés días de guerra
  15. Capítulo 15 — La paz de Punta Arenas
  16. Capítulo 16 — El último general
  17. Capítulo 17 — El ingeniero de Tucumán
  18. Capítulo 18 — El dios del fútbol
  19. Capítulo 19 — El padre del consenso
  20. Capítulo 20 — La Segunda República
  21. Capítulo 21 — El atentado
  22. Capítulo 22 — La presidenta incómoda
  23. Capítulo 23 — Conectar el siglo
  24. Capítulo 24 — Habemus Papam
  25. Capítulo 25 — Entre el dragón y el águila
  26. Capítulo 26 — El año en que el mundo se detuvo
  27. Capítulo 27 — La República digital
  28. Capítulo 28 — La elección del futuro
  29. Capítulo 29 — La República de Septiembre

Epílogo y cierre

  1. Epílogo
  2. Historia, ficción y fuentes
  3. Fe de erratas de la contratapa original
  4. Contratapa original

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