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La República de SeptiembreCapítulo 6 — La retirada
Ilustración original de apertura para Capítulo 6 — La retirada
Ilustración original del proyecto autoral, creada con asistencia de IA (según declaración del autor).

Capítulo 6 — La retirada

Buenos Aires, 1962.

Raúl Ferrer había llevado al sindicato una pregunta que nadie quería contestar: si Perón no sería candidato, ¿a quién apoyarían? Esperaba una discusión sobre programas. Encontró a dos dirigentes que todavía hablaban como si el presidente fuese a cambiar de parecer y a un tercero que proponía exigirle un nombre.

—No elegimos delegados para que nos digan cómo obedecer —dijo Raúl.

—Lo decís ahora —respondió uno de los hombres—. Cuando se cierre la fábrica por una mala decisión, vas a pedir que vuelva.

Raúl no tenía una garantía contra esa posibilidad. Había defendido la estación de Avellaneda bajo fuego y no deseaba regalar el gobierno a quienes entonces habían esperado que vencieran los sublevados. Pero había empezado a notar que cada argumento sobre seguridad terminaba por postergar una elección concreta.

Perón rechazó las últimas visitas que le pedían reconsiderar su decisión. No lo hizo desde una serenidad completa. En los informes que recibía había gobernadores capaces de conspirar entre sí antes que construir una candidatura y sindicalistas que veían a Frondizi como una amenaza al salario. Había también jóvenes que habían crecido con su fotografía en las escuelas y no recordaban una presidencia anterior. Retirarse no consistía en pronunciar la palabra retiro. Consistía en soportar que todos esos grupos actuaran sin pedirle permiso.

Durante la campaña intervino poco. El silencio se volvió una forma de influencia que le desagradaba y que, a veces, aprovechaba. Los periódicos interpretaban una visita, una demora, el orden en que estrechaba las manos. Cada partido calculaba qué parte del país obedecería una insinuación suya. Una mañana ordenó a su secretario que negara un supuesto respaldo a un candidato. El secretario preguntó si debía mencionar a Frondizi.

—No —dijo Perón—. Que discutan su programa sin mi sombra sobre cada línea.

Frondizi habló de petróleo, rutas e industria. Los adversarios le preguntaron cómo financiaría sus planes y qué cedería a las empresas extranjeras. En una universidad lo acusaron de prometer desarrollo con palabras demasiado amplias. Respondió con cifras que otro economista impugnó a la semana siguiente. A Elena Rivas le agradó ese desacuerdo visible más que las ovaciones unánimes: al menos obligaba a imaginar lo que pasaría después de votar.

El día de la elección fue con Mateo a la escuela de su barrio. En la vereda había antiguos militantes peronistas y vecinos que llevaban años esperando la oportunidad de elegir otra cosa. Nadie dejó de reconocerse. Mateo se quedó mirando el cuarto oscuro después de salir, como si le sorprendiera que hubiese podido entrar y salir sin rendir cuentas a un superior.

—¿Pensaste en votar lo mismo que yo? —preguntó Elena.

—No te voy a dar esa satisfacción.

Sonrieron. En 1955 esa broma habría terminado en una discusión.

La victoria de Frondizi se confirmó después de una noche de cómputos lentos. En el sindicato de Raúl hubo quienes pidieron impugnar provincias donde el margen era estrecho. Los apoderados revisaron actas y formularon las objeciones ordinarias. Cuando se agotaron, Raúl defendió el reconocimiento del resultado. Un compañero le recordó a los muertos de Avellaneda.

—Justamente por ellos —respondió—. No fuimos para que sólo valiera una urna cuando ganáramos nosotros.

No todos lo acompañaron. Algunos salieron de la sala antes de la votación interna. La transición sería pacífica, pero no unánime, y su dificultad no desaparecía porque un fotógrafo pudiera captar un apretón de manos.

El 12 de octubre de 1962, Elena aguardó entre la gente que quería ver el traspaso de mando. Una mujer a su lado llevaba una pequeña bandera doblada, sin agitarla. Había votado por Perón y decía que volvería a hacerlo si se presentara. Elena le preguntó qué esperaba de Frondizi.

—Que no me pida olvidar por quién voté —respondió.

Elena pensó que esa era una exigencia más severa que el entusiasmo.

Perón entregó el poder. Frondizi lo recibió. Hubo protocolo, cámaras y una multitud que no pensaba de la misma manera. Elena buscó en los rostros de los hombres una señal capaz de explicar lo que ocurría. No encontró ninguna. La ceremonia era poderosa precisamente porque no exigía adivinar sus emociones: había reglas, un resultado y personas dispuestas a cumplirlos ante todos.

Perón volvió a San Vicente. Durante las primeras noches pidió informes que ya no le correspondían y devolvió alguno sin abrir. Sus colaboradores seguían llamándolo presidente; no siempre los corregía. Cuando un periodista quiso obtener de él una frase solemne sobre la nostalgia, respondió hablando de amigos que había perdido y de otros a quienes esperaba visitar. La entrevista, publicada después, no calmó a quienes buscaban una doctrina para cada gesto suyo.

Raúl llevó al sindicato el primer proyecto de obras del nuevo gobierno. Había puntos que apoyaba y otros que le preocupaban. Los puso a consideración sin preguntar qué habría hecho Perón. Le sorprendió descubrir que la discusión se volvió más larga, más áspera y más suya.

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Índice

Preliminares

  1. Tapa
  2. Nota de esta edición
  3. Prólogo — El sur

Capítulos

  1. Capítulo 1 — El día que la historia cambió
  2. Capítulo 2 — Los mártires de Plaza de Mayo
  3. Capítulo 3 — El septiembre argentino
  4. Capítulo 4 — Los acuerdos de Georgetown
  5. Capítulo 5 — La última victoria de Perón
  6. Capítulo 6 — La retirada
  7. Capítulo 7 — El constructor
  8. Capítulo 8 — Las fábricas del futuro
  9. Capítulo 9 — La guerra fría argentina
  10. Capítulo 10 — El heredero
  11. Capítulo 11 — El petróleo negro
  12. Capítulo 12 — Balbín presidente
  13. Capítulo 13 — La sombra del sur
  14. Capítulo 14 — Veintitrés días de guerra
  15. Capítulo 15 — La paz de Punta Arenas
  16. Capítulo 16 — El último general
  17. Capítulo 17 — El ingeniero de Tucumán
  18. Capítulo 18 — El dios del fútbol
  19. Capítulo 19 — El padre del consenso
  20. Capítulo 20 — La Segunda República
  21. Capítulo 21 — El atentado
  22. Capítulo 22 — La presidenta incómoda
  23. Capítulo 23 — Conectar el siglo
  24. Capítulo 24 — Habemus Papam
  25. Capítulo 25 — Entre el dragón y el águila
  26. Capítulo 26 — El año en que el mundo se detuvo
  27. Capítulo 27 — La República digital
  28. Capítulo 28 — La elección del futuro
  29. Capítulo 29 — La República de Septiembre

Epílogo y cierre

  1. Epílogo
  2. Historia, ficción y fuentes
  3. Fe de erratas de la contratapa original
  4. Contratapa original

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