
Capítulo 18 — El dios del fútbol
Buenos Aires, junio de 1986.
Elena Rivas nunca se había aprendido la formación completa de la selección. Conocía a Maradona porque Julián había llenado la casa de recortes sobre un chico de Villa Fiorito capaz de recibir la pelota rodeado de rivales y salir del otro lado con una jugada que ninguno había visto antes. En el hospital, los pacientes también querían saber a qué hora empezaba el partido. Elena logró que instalaran un televisor donde no interrumpiera la guardia.
Julián había seguido la carrera de Diego desde su debut siendo adolescente, su paso por Argentinos Juniors y Boca, y su llegada a Europa. En Maradona reconocía un talento extraordinario y algo que no podía explicarse sólo por la habilidad: un hijo de trabajadores que obligaba a los clubes más ricos del mundo a mirar hacia el lugar del que venía. Sabía también que el país podía usar esa historia para fingir que a cualquier chico de Villa Fiorito se le abrían las mismas puertas.
El día del partido contra Inglaterra, Julián salió tarde del trabajo. Había un problema en una línea ferroviaria y faltaban manos para repararla. Alcanzó a ver parte del encuentro en un bar cercano a la estación. La sala cambió de sonido dos veces en pocos minutos: primero una discusión incrédula, después un grito que pareció arrastrar la calle entera. Nadie estaba de acuerdo sobre cómo contar el primer gol. Sobre el segundo, los hombres intentaron repetir con gestos la carrera de Maradona y se chocaron entre mesas.
Mateo, que lo esperaba en casa, tenía su propia opinión sobre el arbitraje. Elena les pidió que hablaran más bajo porque una vecina descansaba después de un turno nocturno. Julián la acusó de no entender lo que había pasado. Ella respondió que podía entender una alegría sin saber repetir una jugada.
La final de México encontró a la familia reunida. Julián quería que el partido terminara antes de que empezara; Mateo calculaba cada posible sustitución como si una decisión táctica pudiera prevenir la angustia. Cuando Argentina ganó el Mundial, salieron a la calle. Elena vio a desconocidos abrazarse sin preguntar por su partido, su trabajo ni su posición sobre el gobierno. Un chico agitaba una camiseta demasiado grande. Dos mujeres cantaban sobre el techo de un automóvil detenido.
Sara no había visto la segunda mitad. En Córdoba, una avería en la fábrica la obligó a quedarse con otros técnicos. Cuando salió, la ciudad le anunció el resultado antes de que alguien pudiera decírselo. Un compañero le describió los goles con una precisión que variaba en cada relato. Ella no lo corrigió. Durante una hora dejó que la celebración la alcanzara sin exigirle que justificara su ausencia del televisor.
Al día siguiente seguían pendientes el expediente de Acero Nacional, los turnos de los trabajadores y las familias que no habían recuperado a todos los hombres del Beagle. La victoria no los resolvió. Tampoco por eso era falsa. Julián comprendió que había querido pedirle al fútbol más de lo que podía darle: un triunfo que volviera coherente todo el país.
En el hospital, Elena encontró al chico de la camiseta grande esperando con su madre una consulta. Le preguntó si había visto jugar a Maradona.
—Vi el último gol de la final —dijo—. El otro me lo contaron.
Ella pensó en la cantidad de acontecimientos que se heredan de esa manera. Algunos se transforman al pasar de una voz a otra. Ese día prefirió escuchar cómo lo contaba él.
Ramón Ortega recibió a los campeones semanas después. Los fotógrafos buscaron una imagen del presidente junto a Maradona. Para quienes habían trabajado en el turno de Sara, en la sala de Elena o en el tren de Julián, la foto sería una parte muy pequeña de aquel junio. La otra estaba en el instante en que pudieron festejar juntos algo que nadie había decretado.
Julián guardó los recortes en una caja donde aún conservaba una carta del barco. Los dos papeles pertenecían a la misma vida y no se explicaban uno al otro. Cuando Mateo le preguntó por qué no pegaba el recorte en la pared, dijo que quería poder volver a sacarlo. Había aprendido en el sur que una memoria demasiado bien fijada podía dejar fuera todo lo que no entraba en el marco.