
Capítulo 16 — El último general
San Vicente y Buenos Aires, mayo de 1981.
Elena Rivas encontró en un cajón la citación con la que Mateo había comparecido ante el juez en 1955. Buscaba un documento de Julián y terminó sentada en el borde de la cama, con aquel papel amarillento sobre las rodillas. En la radio acababan de informar que la salud de Perón se había agravado.
Mateo la vio salir con la citación en la mano.
—Podrías haberla tirado hace años —dijo.
—No sabía si quería hacerlo.
Habían discutido muchas veces sobre aquel invierno. Mateo había declarado contra hombres a los que conocía y había seguido trabajando en una institución que necesitó aprender a obedecer un gobierno civil. Elena había defendido los juicios y cuestionado las ejecuciones públicas. Ninguno encontraba una frase capaz de reunir ambas cosas sin que una borrara la otra.
Perón llevaba casi dos décadas fuera de la Presidencia. En San Vicente aún recibía noticias del gobierno, leía con dificultad creciente y escuchaba más de lo que hablaba. Algunos visitantes buscaban una opinión sobre Balbín, sobre el Beagle, sobre las próximas elecciones. Otros sólo querían ver al hombre que habían seguido durante toda una vida. Él ya no podía ofrecerles el tiempo que reclamaban.
El 16 de mayo murió. La noticia llegó a Elena mientras preparaba la guardia. Una paciente preguntó si el hospital cerraría; un médico la corrigió antes de saberlo. Alguien encendió la radio en el pasillo. Durante unos minutos, nadie tuvo la autoridad de decidir qué debía hacerse con la jornada ordinaria. Después llegaron enfermos y el trabajo continuó.
Julián llamó desde su casa. Había regresado del sur y encontraba difícil escuchar homenajes donde la guerra aparecía como prueba de grandeza nacional. Perón había buscado la paz; también había sido un militar y un gobernante cuyo nombre algunos todavía usaban para exigir obediencia.
—¿Vas a ir a despedirlo? —preguntó.
—Sí —dijo Elena.
—Pensé que seguías enojada por las condenas.
—Sigo.
En la fila del funeral se cruzó con Raúl Ferrer. Llevaba el cuello del saco levantado contra el frío y una flor que había empezado a perder pétalos. Él recordaba el discurso de diciembre de 1955 y el día en que Perón había entregado la banda a Frondizi. Elena recordaba, además, a la mujer de la carpeta y al hombre que había muerto después de la sentencia. Raúl no le pidió que escogiera una sola memoria.
La fila se detuvo cuando una anciana quiso atravesarla para llegar junto a su hija. Alguien protestó; otra persona le abrió paso y le sostuvo el brazo. Elena retrocedió contra la verja. Desde allí oyó un canto que nacía y se apagaba antes de alcanzar el final de la estrofa. Vio un pañuelo levantado, una bandera enrollada para no golpear a nadie y dos hombres que discutían en voz baja sobre si aquella despedida pertenecía al gobierno o a quienes habían esperado durante horas. La anciana encontró a su hija y lloró sin mirar hacia el féretro.
—No viniste por lo mismo que ellos —dijo Raúl.
—No sé por qué vinieron ellos.
Él asintió. Elena sintió vergüenza de la facilidad con que había creído adivinarlo.
Balbín acudió al homenaje. La distancia política entre ambos había sido real, aun cuando aprendieron a conversar. Habló de la capacidad del país para continuar después de quienes lo habían gobernado y de las disputas que no debían convertirse otra vez en violencia. Elena escuchó desde un lugar donde apenas veía el estrado. No supuso que el discurso cerrara el debate sobre Perón. Le pareció más honesto que el Presidente reconociera la deuda y la diferencia en un mismo acto.
La fila volvió a avanzar. Delante de ella había una mujer que sostenía una fotografía de Eva Perón. Detrás, un joven que había nacido después del golpe frustrado y nunca había conocido a Perón como presidente. Le preguntó a Raúl por qué lo llamaban el último general.
Raúl miró a Mateo, que había llegado con ellos.
—Porque esperan que haya sido el último hombre al que se le pida salvar solo al país —respondió Mateo.
—¿Y lo fue?
—Eso no lo decide un apodo.
Elena observó a su hermano. Había tardado veintiséis años en oírle una respuesta que no intentara proteger a su antiguo cuerpo ni castigarlo en conjunto. Se preguntó cuánto de esa cautela había aprendido en tribunales y cuánto en la cocina de su casa.
Al salir, el sol estaba bajo. La mujer de la fotografía se detuvo en la vereda y por un momento no pareció saber hacia dónde caminar. Elena quiso hablarle, pero no encontró una frase que no reclamara una intimidad que no tenían. Más allá, otra mujer discutía con un vendedor por el precio del regreso en colectivo. Elena buscó a Mateo entre la gente y le tomó el brazo sin explicarle por qué. La República que continuaba después de Perón seguía hecha de ceremonias y cuentas domésticas, de instituciones capaces de transferir poder y de expedientes que ninguna transferencia había cerrado.
En casa, Elena guardó la citación en una carpeta nueva. Escribió en la tapa: «Junio y septiembre, 1955». Julián le preguntó si algún día se la daría a su hija. Aún no tenía una. Elena contestó que sí, si llegaba a preguntar. No quería heredarle una conclusión, sino los papeles con los que pudiera discutirla.