
Capítulo 27 — La República digital
Buenos Aires, diciembre de 2022.
Horacio Rodríguez Larreta había asumido ocho días antes de la final del Mundial. Su gabinete preparaba un plan de digitalización del Estado; las mesas de trabajo se interrumpían para preguntar dónde se vería el partido. El presidente entendía que el fútbol no necesitaba una política pública para convocar a millones. También sabía que una victoria sería recordada más fácilmente que cualquier reforma que firmara en su primera semana.
Inés Rivas vio la final de Qatar con Julián y Nadia. La pandemia seguía presente en sus conversaciones y en ausencias recientes, aunque el país hubiera recuperado encuentros multitudinarios. Messi levantó la Copa después de una definición por penales que los había hecho pasar de la certeza al temor varias veces. Julián gritó con una energía que Inés no le conocía. Nadia sonrió sin dejar de apretar una servilleta entre las manos.
Salieron a la calle. Un chico había pintado una tercera estrella en una cartulina. Una vecina abrazó a Inés y después le pidió disculpas, como si la alegría necesitara todavía reaprender el contacto. Inés pensó que ésa era una razón suficiente para celebrar. No quiso convertir el triunfo en una prueba de que todos los problemas nacionales estaban resueltos.
Meses después volvió a su trabajo en el archivo. El gobierno proponía clasificar documentos con herramientas de inteligencia artificial y acelerar trámites mediante decisiones automatizadas. Inés pidió participar en la prueba. Una herramienta etiquetó como «conflicto externo» tanto el expediente de la guerra del Beagle como una nota escolar sobre un viaje a Chile. Otra confundió nombres parecidos en registros de víctimas.
—Los errores se pueden corregir —dijo el proveedor.
—Si sabemos a quién perjudicaron y quién tiene derecho a pedir la corrección —respondió Inés.
El equipo estableció revisión humana para decisiones que afectaran derechos, registro de cambios y un canal accesible para reclamar. El sistema tardó más en desplegarse. Un funcionario acusó a Inés de bloquear el futuro. Ella le mostró dos registros de personas distintas que la herramienta había reunido bajo una sola identidad. En el archivo, la velocidad podía borrar a alguien con una eficacia que ningún burócrata había tenido antes.
Larreta insistía en ampliar el uso de tecnología en salud, educación y transporte. Las universidades abrieron cursos nuevos; las empresas buscaban personal capaz de desarrollar y evaluar sistemas. Sara, retirada de la fábrica, habló en una clase sobre cómo una máquina puede mejorar la seguridad de un trabajo y a la vez eliminar el puesto de quien no recibe formación para otra tarea. Los estudiantes esperaban que eligiera entre entusiasmo y miedo. Ella les pidió que calcularan quién tomaba las decisiones y quién pagaba la transición.
En 2024 comenzaron a organizarse fuerzas nuevas para las elecciones futuras. Larreta buscaba continuar su proyecto. Sus críticos afirmaban que la digitalización concentraba información en el Ejecutivo; sus aliados sostenían que los viejos procedimientos castigaban sobre todo a quienes no podían perder una mañana en una oficina. Inés encontraba verdad en ambas observaciones. Pidió que cada nuevo trámite conservara una vía presencial razonable y que los datos se protegieran con reglas públicas.
Julián guardó una fotografía de la celebración de Qatar junto a los recortes del Mundial de 1986. Inés le preguntó si la tercera estrella era más importante que el trabajo del archivo.
—Ese día fue más feliz —dijo él—. No son la misma medida.
Al terminar 2025, el gobierno exhibió reducciones en tiempos de algunos trámites. Inés presentó también el número de correcciones solicitadas por ciudadanos. Le dijeron que esa cifra estropeaba la presentación. Ella respondió que era la prueba de que el procedimiento podía escuchar cuando se equivocaba.
En una pared de su barrio seguía el mural de Messi con la Copa. Abajo alguien había pegado un aviso de cursos de formación digital. Inés se detuvo a leer los horarios. Uno coincidía con el turno de trabajo de la mayoría de sus vecinos. Sacó una fotografía para enviarla a la comisión que preparaba el programa siguiente. El país podía recordar una tarde de felicidad compartida y, al mismo tiempo, seguir preguntándose quién tenía tiempo para aprender el futuro que sus gobernantes anunciaban.