
Capítulo 8 — Las fábricas del futuro
Córdoba, 1965.
La primera pieza que salió de la línea llevaba una marca junto al borde. Clara Villalba la sostuvo contra la luz. El jefe de producción dijo que podía corregirse a mano antes de la entrega. Raúl Ferrer, que visitaba la planta por una negociación ferroviaria, preguntó cuántas piezas se habían fabricado así.
—Ésta es la primera —respondió Clara—. Por eso la estamos mirando.
La fábrica que dos años antes sólo existía en planos comenzaba a producir componentes para maquinaria agrícola. A su alrededor había nacido un barrio de alquileres recientes y calles que aún terminaban en tierra. Llegaban aprendices de pueblos cercanos, técnicos de otras provincias, vendedores que prometían suministros a plazos y familias que calculaban si un sueldo nuevo compensaría abandonar una casa conocida.
Clara había querido aquella planta. Cuando se encendió el primer horno, sintió orgullo. Al salir vio a un niño toser frente a una vivienda situada donde los planos originales mostraban un espacio abierto. Al día siguiente pidió un informe sobre emisiones. Le dijeron que retrasaría la ampliación.
—La ampliación todavía no tiene habitantes —respondió—. El barrio sí.
En la asamblea, los trabajadores discutieron una propuesta salarial. El empresario que había pedido paciencia en 1963 alegó que la producción seguía en su fase inicial y que la energía costaba más de lo previsto. Raúl presentó las cuentas de las familias: alquiler, transporte, comida, una matrícula para quien estudiaba de noche. No dijo que la fábrica debiera cerrar para pagar más. Pidió que el riesgo de haber calculado mal no quedara entero en los mismos hogares.
Una obrera llamada Sara interrumpió.
—También tienen que hablar del horario —dijo—. Si salgo de noche, ya no hay colectivo.
Raúl admitió que no lo había incluido. La negociación cambió de forma. Un salario no bastaba para explicar qué se podía hacer con él.
En Buenos Aires, los periódicos anunciaban un país de grúas. La siderurgia se ampliaba, la industria automotriz contrataba, la actividad petrolera atraía inversiones y las universidades técnicas recibían más estudiantes. Los optimistas veían en cada obra la prueba de que la democracia podía producir algo además de elecciones. Los críticos preguntaban por la deuda, los precios y las concesiones hechas a empresas extranjeras. Ambas conversaciones llegaban a la planta de Clara con semanas de retraso y se volvían urgentes cuando se rompía una máquina importada cuya pieza de reemplazo debía cruzar el océano.
Clara reunió a dos técnicos y a Sara, que estudiaba dibujo industrial por las noches. Desarmaron el mecanismo averiado. El proveedor exigía comprar el conjunto completo. Ellos podían fabricar una parte y necesitarían ayuda de un taller de Rosario para la otra. Ninguna de las dos opciones era enteramente nacional ni enteramente dependiente: una requería tiempo de aprendizaje, la otra divisas y espera.
—Si compramos el conjunto, volvemos a arrancar antes —dijo el jefe de producción.
—Y cuando vuelva a fallar, esperaremos otra vez —respondió Sara.
Eligieron reparar y documentar el procedimiento. Perdieron varios días de producción. En la reunión de dirección, un inversor preguntó por qué debía celebrar la demora. Clara le mostró el cuaderno donde Sara había dibujado la pieza y las modificaciones necesarias para la siguiente máquina.
—Esto es lo que compramos con esos días —dijo.
El hombre miró los dibujos sin comprometerse a nada. La decisión seguía abierta para la próxima avería.
Elena Rivas visitó Córdoba por un curso de enfermería. Raúl la llevó a conocer la planta y el barrio. Pasaron por una escuela vespertina donde los alumnos estudiaban después del turno y por un dispensario que atendía cada vez más consultas respiratorias. Raúl le preguntó si le parecía que el país había cambiado.
—Sí —dijo Elena—. Ahora hay que aprender a cuidarlo de los problemas nuevos.
No era una frase contra la fábrica. Su hijo, Julián, aún era pequeño, y ella quería que llegara a la edad adulta en una Argentina donde pudiera elegir un trabajo sin pedir permiso a un cuartel. Precisamente por eso no quería llamar progreso a todo lo que dejaba una chimenea detrás.
Clara fue con ellos hasta la estación. Desde el andén vio las luces de la planta y, más lejos, las casas levantadas demasiado cerca. El tren llegó cargado de insumos y con espacio apenas suficiente para los pasajeros. Raúl anotó el retraso en una libreta; Sara, que salía de clase, subió con su cuaderno bajo el brazo.
Al día siguiente, Clara rechazó el lote de piezas marcadas y autorizó ajustar la línea. El jefe de producción protestó por el costo. Ella señaló una medida en el plano y explicó que una pieza defectuosa podía detener una máquina agrícola en otra provincia, durante una cosecha. Aquel futuro industrial que los diarios narraban como una línea ascendente dependía, también, de la paciencia para no enviar al mundo una primera pieza sólo porque ya se había anunciado su nacimiento.