
Capítulo 24 — Habemus Papam
Buenos Aires, 13 de marzo de 2013.
Inés Rivas estaba catalogando documentos cuando Nadia Szapiro llamó desde el mostrador de la biblioteca.
—Hay humo blanco.
Inés dejó sobre la mesa una fotografía de la Plaza de Mayo de 1955. En la sala común ya se habían reunido lectores ante una pantalla pequeña. Una mujer rezaba en voz baja. Un muchacho que había entrado a buscar un libro de programación se quedó porque todos miraban hacia el mismo lugar. Nadia, que no era católica, se sentó a su lado.
Cuando apareció el nombre de Jorge Mario Bergoglio, hubo un silencio breve. Después llegaron exclamaciones y llamadas telefónicas. Francisco, el nuevo papa, era argentino. La mujer que rezaba lloró. El muchacho preguntó qué significaba que fuera el primero de América. Inés explicó lo que sabía y admitió lo que no. A ella le interesaba la emoción de los demás sin sentir obligación de adoptarla.
En la Casa Rosada, Ricardo López Murphy vio las imágenes entre reuniones sobre educación y financiamiento científico. Sus asesores querían preparar una reacción oficial. El Presidente pidió que la declaración reconociera la dimensión del acontecimiento para los católicos y para la proyección internacional de Argentina, sin hablar como si todos los ciudadanos hubieran recibido al mismo guía espiritual.
—No le quitamos alegría a nadie por decir bien a quién representa —dijo.
El texto final fue más breve que el primer borrador. Afuera, las calles tenían bocinas y conversaciones que no esperaban una formulación presidencial para existir.
Durante el mandato de López Murphy se habían ampliado programas universitarios y proyectos de investigación. Clara Villalba, retirada de la fábrica, participaba en un consejo que evaluaba becas técnicas. Le preocupaba que los anuncios de expansión midieran cupos sin seguir a quienes abandonaban por falta de dinero o transporte. Inés la entrevistó para un archivo oral y le preguntó si el entusiasmo por un argentino en Roma ayudaría a mirar de otro modo a los jóvenes de provincias que buscaban estudiar.
—Puede abrir una conversación —respondió Clara—. La beca y el pasaje habrá que pagarlos igual.
El comentario no disminuía la noticia. La situaba en un país con más de una forma de esperanza.
Meses después, López Murphy viajó al Vaticano. La reunión con Francisco fue pública en sus gestos y privada en buena parte de su conversación. Los periodistas fabricaron una oposición cómoda entre el economista de números y el religioso de personas. Inés había leído suficientes expedientes para desconfiar de pares tan perfectos. Un presupuesto podía decidir si una persona recibía cuidados; una convicción moral no indicaba por sí sola cómo financiar una escuela.
Nadia guardó en la biblioteca diarios de aquella semana junto a otros que documentaban acontecimientos religiosos, políticos y culturales. Un lector quiso saber por qué la elección de un papa ocupaba tanto espacio en una institución pública.
—Porque cambió la vida de mucha gente —respondió—. Y porque conservarlo no exige que pensemos todos igual.
Inés puso una referencia cruzada entre el archivo de 2013 y la colección sobre la historia de la Iglesia en Argentina. Encontró también documentos sobre sus conflictos con el Estado y sobre la participación de católicos en la defensa de derechos. No quiso convertir una institución, ni a un hombre, en una biografía sin desacuerdos.
En 2014, cuando López Murphy entregó el mando, algunos comentaristas resumieron su gestión como una etapa tranquila bajo la sombra de Francisco. Inés pensó en las becas discutidas por Clara, en una escuela donde faltaba transporte y en los lectores que seguían entrando a la biblioteca. La elección del papa había sido una noticia extraordinaria. La vida pública de esos años también estaba en decisiones pequeñas que no saldrían en una fotografía tomada en Roma.