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La República de SeptiembrePrólogo — El sur

Prólogo — El sur

Canal Beagle, 18 de diciembre de 1978.

El mensaje llegó doblado en cuatro, húmedo por la mano que lo había llevado de una cubierta a otra. Julián Rivas tuvo que acercarlo a la luz roja de la sala para distinguir las cifras. Una demora de diecisiete minutos en el relevo de una patrulla chilena. Dos ecos donde el parte anterior había registrado uno. Ninguna orden de disparar.

—¿Eso es todo? —preguntó el suboficial Varela.

Julián volvió a leer. A sus diecinueve años todavía creía que una orden importante debía venir escrita con palabras importantes. «Mantener seguimiento. Informar variación de rumbo». Eso decía el papel. No decía qué hacer si la variación de rumbo llevaba aquella sombra hacia el General Belgrano.

—Eso es todo.

Varela le quitó el mensaje y salió hacia el puente. El barco crujió bajo una ola larga. Julián se sujetó del marco de la puerta. Tres días de guerra y aún no sabía si aquel temblor venía del mar o de su cuerpo.

Desde la madrugada del quince, nadie dormía más de lo que permitía el siguiente llamado. En los pasillos se hablaba de posiciones, de combustible, de una radio que había perdido contacto con un destacamento. Nadie hablaba de muertos salvo cuando había que anotarlos. El día anterior, Julián había escuchado a un oficial corregir un nombre en una lista. La segunda letra estaba equivocada. La madre del muchacho, pensó, reconocería la segunda letra.

En el comedor, un marinero de Corrientes guardaba bajo la camisa una fotografía de su hija recién nacida. Se la había mostrado a todos los que quisieron verla y a varios que no. Ahora la imagen permanecía doblada junto a su piel, como si así pudiera mantenerla a salvo de la humedad y de la guerra. Julián llevaba una carta de su madre en el bolsillo del abrigo. No la abría porque ya la sabía de memoria: el almacén había vuelto a fiarle, la vecina preguntaba por él, no contestara con valentías cuando bastaba con contestar que estaba vivo.

Al volver Varela, traía una orden nueva. Aumentar velocidad. Mantener silencio de radio. El eco se había desplazado hacia el oeste.

Julián miró el reloj. Durante un segundo absurdo imaginó que podía detener la aguja con un dedo.

En Buenos Aires eran casi las tres de la mañana. En la Casa Rosada, Ricardo Balbín tenía delante tres carpetas abiertas y un teléfono que todavía no había sonado. La primera carpeta contenía la evaluación naval. La segunda, los informes de la cancillería. La tercera era una comunicación de Washington que pedía tiempo sin decir cuánto podía concederse.

Su canciller entró sin golpear.

—Roma va a llamar otra vez.

—Que llame.

—Los comandantes quieren saber si mantenemos la instrucción.

Balbín señaló la carpeta naval. En la página que había leído dos veces, la expresión «riesgo aceptable» estaba subrayada con lápiz. Buscó debajo la definición de riesgo. No había ninguna. Los hombres que habían redactado el informe conocían los barcos, los vientos y los alcances de cada arma. Ninguno podía escribir el nombre de quien recibiría la noticia en una cocina al amanecer.

—La mantenemos hasta que tengamos algo mejor —dijo.

El canciller no se movió. Balbín levantó la vista. No era un pedido de coraje lo que había en el rostro del otro hombre; era una pregunta sobre cuánto tiempo podía gobernarse aplazando una decisión.

Seis meses antes, las mismas calles que ahora esperaban los comunicados de guerra habían celebrado a Mario Kempes. En los balcones quedaban banderas descoloridas. Una mujer que salía temprano a limpiar oficinas había visto partir a su hijo desde Constitución y esa mañana no había podido mirar una sola de aquellas banderas. A ella no le importaban las carpetas de Balbín. Le importaba que él leyera hasta el final la lista de bajas.

En San Vicente, Juan Domingo Perón también estaba despierto. La televisión hablaba de movimientos navales con mapas que parecían hechos para tranquilizar: flechas limpias, colores distintos, ninguna persona. Tenía ochenta y tres años y había dejado el poder mucho antes de que un joven como Julián aprendiera a leer. Sin embargo, cada vez que un periodista preguntaba qué significaba aquella guerra para la República, su nombre volvía a la conversación.

Perón apagó el aparato. Había sobrevivido a hombres que le pidieron irse y a otros que le suplicaron quedarse para siempre. Había aprendido que las dos súplicas podían sonar igual cuando detrás había armas. Miró la ventana oscura. Allí no se veía el sur. Allí apenas se veía su propio reflejo.

En el Belgrano, Julián recibió un tercer mensaje. El eco había desaparecido. Nadie explicó si había sido un error de radar, una maniobra de retirada o el comienzo de otra cosa. Varela se apoyó contra la mesa.

—Anotá la hora.

Julián anotó. El lápiz le tembló, y tuvo que trazar el ocho dos veces. Imaginó a su madre, Elena, leyendo un parte que todavía no existía. Ella había sido joven cuando los aviones bombardearon el centro de Buenos Aires. Le había contado la jornada muchas veces, aunque nunca exactamente de la misma manera. Una vez habló de los vidrios. Otra, de una camilla. La última vez, antes de que él subiera al tren hacia el sur, habló de un hombre que llegó al hospital sin saber el nombre de la mujer que llevaba en brazos.

—¿Y qué pasó con ella? —había preguntado Julián.

—Eso es lo que recuerdo —respondió Elena—. Que no lo sabíamos.

El barco siguió avanzando a oscuras. En el puente, los hombres esperaban una llamada que no llegaba. En Buenos Aires, Balbín esperaba otra. La guerra había empezado veintitrés años después del septiembre que dio nombre a la República. Julián no conocía todas las decisiones que habían unido una fecha con la otra. Conocía, por ahora, la forma de una letra corregida en una lista y el peso de un lápiz entre los dedos.

La primera historia que Elena le había contado comenzaba antes de la República. Comenzaba con una mañana fría de junio y con una plaza llena de gente que miró al cielo creyendo que los aviones venían a celebrar la bandera.

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Índice

Preliminares

  1. Tapa
  2. Nota de esta edición
  3. Prólogo — El sur

Capítulos

  1. Capítulo 1 — El día que la historia cambió
  2. Capítulo 2 — Los mártires de Plaza de Mayo
  3. Capítulo 3 — El septiembre argentino
  4. Capítulo 4 — Los acuerdos de Georgetown
  5. Capítulo 5 — La última victoria de Perón
  6. Capítulo 6 — La retirada
  7. Capítulo 7 — El constructor
  8. Capítulo 8 — Las fábricas del futuro
  9. Capítulo 9 — La guerra fría argentina
  10. Capítulo 10 — El heredero
  11. Capítulo 11 — El petróleo negro
  12. Capítulo 12 — Balbín presidente
  13. Capítulo 13 — La sombra del sur
  14. Capítulo 14 — Veintitrés días de guerra
  15. Capítulo 15 — La paz de Punta Arenas
  16. Capítulo 16 — El último general
  17. Capítulo 17 — El ingeniero de Tucumán
  18. Capítulo 18 — El dios del fútbol
  19. Capítulo 19 — El padre del consenso
  20. Capítulo 20 — La Segunda República
  21. Capítulo 21 — El atentado
  22. Capítulo 22 — La presidenta incómoda
  23. Capítulo 23 — Conectar el siglo
  24. Capítulo 24 — Habemus Papam
  25. Capítulo 25 — Entre el dragón y el águila
  26. Capítulo 26 — El año en que el mundo se detuvo
  27. Capítulo 27 — La República digital
  28. Capítulo 28 — La elección del futuro
  29. Capítulo 29 — La República de Septiembre

Epílogo y cierre

  1. Epílogo
  2. Historia, ficción y fuentes
  3. Fe de erratas de la contratapa original
  4. Contratapa original

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