
Capítulo 4 — Los acuerdos de Georgetown
Washington, comienzos de 1957.
La delegación argentina llegó con dos carpetas. La primera contenía fotografías del bombardeo y una cronología de la rebelión derrotada. La segunda reunía contratos de inversión, compras de maquinaria y proyecciones de comercio. El embajador pidió que las dejaran separadas.
—Si las mezclamos, parecerá que cobramos por nuestros muertos —dijo.
Tomás Arce, el funcionario más joven de la mesa, pensó que ya estaban mezcladas. Habían sido invitados a conversar porque el gobierno de Perón seguía en pie después de un golpe fallido y porque Washington necesitaba decidir qué hacer con esa supervivencia. Las fotografías le daban una autoridad moral que las cifras no podían comprar; las cifras ofrecían algo que la indignación, sola, no podía conseguir.
La primera reunión tuvo lugar en una casa de Georgetown. Ninguna de las partes la anunció. Los estadounidenses preguntaron por sindicatos, comunistas, mandos militares y puertos. Cada pregunta parecía contener otra: cuánto podía durar la estabilidad argentina si se la dejaba a su propio juicio. Los argentinos querían créditos, tecnología y mercados sin convertir la política exterior en una serie de permisos solicitados al norte.
—No buscamos una neutralidad que cierre los ojos —dijo el embajador—. Elegiremos posiciones. Queremos conservar el derecho a elegirlas.
Del otro lado de la mesa, un asesor observó que ese derecho podía significar acuerdos con Moscú. Tomás respondió que comerciar no era aceptar una tutela. El asesor replicó que la frase era sencilla en una sala y menos sencilla cuando un gobierno debía decidir a quién entregaba información sobre grupos armados.
Tomás anotó la objeción. Había venido preparado para defender la Tercera Posición como una doctrina y descubrió que una doctrina no especificaba qué haría un policía ante una solicitud concreta, ni quién podría revisar después la decisión.
Esa noche escribió a Elena Rivas, una amiga de su hermana. Había conocido el hospital de Buenos Aires durante una visita de la comisión que documentaba a las víctimas y recordaba que ella lo había obligado a corregir un apellido en una lista. No le pidió una opinión sobre la geopolítica. Le preguntó si los documentos que habían llevado bastaban para explicar por qué el gobierno exigía que ningún país alentara otra insurrección.
Elena respondió dos semanas después. No sabía qué dirían las fotografías a los hombres de Washington, escribió. Sabía que ninguna conversación hecha en nombre de los muertos debía conceder a un servicio de inteligencia lo que un juez no podría controlar.
Tomás guardó la carta en la carpeta equivocada: la de los contratos. Le molestó descubrir que allí tenía sentido.
Las negociaciones continuaron durante semanas. La delegación argentina sostuvo que no habría bases extranjeras ni subordinación automática a una estrategia continental. Los estadounidenses querían garantías de que Buenos Aires no financiaría movimientos armados alineados con la Unión Soviética. En reuniones menos formales se habló de cooperación contra redes clandestinas y de la necesidad de no confundir vigilancia con persecución de una oposición legal. Esa última diferencia quedó más clara en la conversación que en cualquier papel.
El embajador pidió una fórmula escrita sobre el respeto al gobierno constitucional argentino. El asesor estadounidense señaló que un documento semejante requeriría procedimientos que sus superiores no habían autorizado. Tomás recordó los meses en que una parte de la prensa extranjera había pronosticado el derrumbe de Perón como si se tratara de una corrección natural. Quiso insistir. El embajador le hizo una seña para que esperara.
Al salir, caminaron bajo los árboles húmedos del barrio.
—Si no firman, pueden negar todo —dijo Tomás.
—Nosotros también —respondió el embajador—. Esa es la ventaja que ambos están comprando.
—Y el precio.
El hombre mayor no lo contradijo.
Llegaron a un entendimiento sin tratado. Washington dejó de considerar útil una aventura golpista contra Buenos Aires. Argentina ratificó su distancia de Moscú en materia estratégica y aceptó mantener canales de consulta sobre la violencia política regional. Ningún Congreso votó aquellas palabras; tampoco existió una fotografía de la firma, porque no hubo una firma que fotografiar. Los funcionarios que participaron salieron con memorandos propios, lo bastante similares para orientar acciones y lo bastante distintos para permitir futuras disputas.
Tomás regresó a Buenos Aires con la impresión de haber preservado un margen y de haber abierto una puerta cuyo ancho aún no podía medir. En el despacho de su superior, un mapa de América Latina ocupaba toda la pared. El embajador trazó con el dedo la ruta marítima hacia el Atlántico sur.
—¿Estamos más seguros? —preguntó Tomás.
—Hoy, probablemente.
—¿Y mañana?
—Para eso necesitamos instituciones que puedan discutir lo que hicimos aquí.
Tomás pensó en la falta de tratado, en los nombres que jamás aparecerían en un debate parlamentario. No se le escapó la contradicción. El embajador tampoco parecía ignorarla. Habían obtenido tiempo político para una república asediada y, al hacerlo, habían puesto una parte de su política exterior fuera de la vista de esa misma república.
Cuando se reunió otra vez con Elena, ella le preguntó por Mateo. Había conservado su puesto en los talleres navales; algunos compañeros evitaban trabajar con él desde que declaró. Tomás contó lo poco que podía contar de Washington. Ella no pidió secretos.
—Si la democracia sobrevivió porque mucha gente se negó a obedecer una orden —dijo—, tené cuidado cuando alguien te diga que ahora necesita órdenes que nadie pueda examinar.
Tomás no tuvo una réplica diplomática. Había visto en Georgetown el atractivo de la seguridad prometida por hombres que nunca serían responsables de sus efectos ante una familia argentina. También había visto el peligro de quedarse solo entre dos potencias que convertían a los países pequeños en piezas de un tablero.
Meses después, los periódicos comenzaron a hablar de los «acuerdos de Georgetown» sin poder citar un texto. Algunos los presentaron como una rendición, otros como una victoria de autonomía. Tomás leyó ambas versiones en el tranvía. Ninguna describía aquella mesa en la que todos habían cuidado cada palabra porque sabían que podía convertirse, años más tarde, en una orden.